CARNE-VALE (Adiós a la carne)

En la mitología clásica grecorromana, el dios libertador de los mortales a través de inspiración y elevación del alma a través del éxtasis o el vino es Dionisio, dios de la vendimia y el vino. Conocido también como Baco por los romanos, era el patrón de la agricultura y el teatro. En su honor, en la antigua Grecia se celebraban las Dionisias entre los meses de enero y febrero con una gran procesión, y en el teatro de Dionisio se celebraban los concursos dramáticos, donde la comedia ocupaba un destacado lugar. Pero además, durante este tiempo los iniciados adoraban a este dios con los misterios dionisíacos, que estaban muy relacionados con el maestro de los encantamientos, el mítico Orfeo, cuya corriente religiosa ganaba cada día más adeptos y que supuso un enfrentamiento con las antiguas tradiciones debido a su innovador concepto sobre el destino del ser humano.

DIONISIO Y EL BANQUETE ( Vaso ático s. V aC. Museo Agrigento, Sicilia)

En torno a la figura de Orfeo empiezan a surgir una serie de textos que predican una nueva doctrina de salvación del alma tras la muerte del hombre y, aunque se centran exclusivamente en el plano religioso, el orfismo acaba por cuestionar no solo la religión oficial de Grecia sino también el pensamiento teológico. Los mayores exponentes de este nuevo movimiento son los bíos orphikós, que abandonan su vida para convertirse en un individuo marginado y errante que va de ciudad en ciudad predicando nuevas formas de salvación. Son un grupo de personas que, unidas por aquel movimiento, permanecen al margen de la política y se caracterizan por ser gente instruida, que practican el ascetismo y ritos el orfismo acaba por cuestionar no solo la religión oficial de Grecia sino también el pensamiento teológico.

Los mayores exponentes de este nuevo movimiento son los bíos orphikós, que abandonan su vida para convertirse en un individuo marginado y errante que va de ciudad en ciudad predicando nuevas formas de salvación. Son un grupo de personas que, unidas por aquel movimiento, permanecen al margen de la política y se caracterizan por ser gente instruida, que practican el ascetismo y ritos mistéricos además de cumplir ciertos preceptos como no comer carne ni derramar sangre animal o vestir ropa de lino.

Edad Media

Sin embargo, esta nueva forma de interpretar al ser humano como un ente compuesto por un cuerpo y un alma indestructible, que traspasa la línea mortal y encuentra su salvación o su castigo después de la muerte, empezó a dejar huella especialmente en algunos filósofos, que empezaron a considerar el alma como elemento esencial para la salvación y el cuerpo sólo un lugar temporal para lograr la purificación necesaria del alma para integrarse de nuevo en el ámbito divino.Una de las formas que utilizaron los órficos para explicar su credo fue la mitología, y concretamente el mito dionisíaco para explicar la existencia humana que para ellos, no era más que la condena de nuestra alma por haber perpetrado un crimen titánico. Según este mito, los antiguos titanes, cuando Dionisio era un niño, le tendieron una trampa para atraer su atención. Le mostraron extraordinarios juguetes brillantes, y Dionisio, impresionado, no dudó en acercarse a ellos. Entonces los titanes lo apresaron y mataron. Luego lo descuartizaron y lo devoraron. Cuando Zeus, el padre del pequeño Dionisio, se enteró, castigó a los titanes fulminándolos con su rayo, dejando solo a salvo el corazón del pequeño Dionisio, y fue precisamente de estas cenizas mezcladas con la tierra de donde surgieron los seres humanos.

El carnem levare romano

Por eso, el hombre nace con aquella antigua culpa y debe purificarse albergando en su interior durante toda su vida un componente titánico y otro dionisiaco. Pero el proceso de purificación puede ser largo, por lo tanto es posible que el alma realice varias transmigraciones en forma humana o animal. Pero, cuando el hombre se inicia en los misterios para alcanzar la salvación, obtiene entonces una clave de vital importancia, ya que será la única que podrá identificarlo ante los dioses de ultratumba.A partir del siglo VI a. C., los órficos, que habían asimilado también otras creencias especialmente las procedentes del culto al dios Apolo, y también sobre la reencarnación compilaron una serie textos que fueron recogidos en las narraciones sagradas (iepoi lógoi) Heródoto ya habla de ellos en el siglo V a. C. También hay constancia de que Platón estuvo vinculado con oráculos y de que Aristóteles conoció estas Narraciones Órficas.

Hoy en día, los investigadores siguen debatiendo la estrecha relación de entre el dios Dionisio con el culto de las almas y la comunicación entre los vivos y los muertos y sigue abierto el debate sobre su relación e influencia sobre el cristianismo. De hecho, hay investigadores que afirman que el concepto cristiano de comer y beber la «carne» y la «sangre» de Jesús son la prueba de la influencia del culto a Dionisio.

Pero, de lo que no hay duda alguna es que Dionisio ha permanecido a lo largo de la historia como una fuente de inspiración para artistas, filósofos y escritores, especialmente durante la época contemporánea. De esta manera, el cristianismo adopta también hacia la figura de Jesús un tiempo de arrepentimiento: la Cuaresma. Este tiempo litúrgico marcado por la Iglesia Católica en cuarenta días, comienza el miércoles de Ceniza y termina la tarde del Jueves Santo, y está destinado a la purificación e iluminación espiritual para preparar al creyente para la fiesta de la Pascua.Y, desde entonces hasta nuestros días, la Cuaresma sigue entre nosotros del mismo modo que la fiesta carnem-levare, (abandonar la carne) nombre que propuso la Iglesia durante la Edad Media y que posteriormente adquirió la forma de carne-vale (adiós a la carne).

Por ese motivo, y antes de que se tiznen nuestras frentes con ceniza, celebraremos esta fiesta. Puede que, al fin y al cabo, sea la memoria impregnada en nuestro AND la responsable de que sigamos venerando a nuestros antiguos dioses. Aun ocultos tras una máscara para esconder nuestro pudor, seguimos liberándonos justo antes de decir adiós a la carne.

Carnaval en Roma (Johannes Lingebreg, 1650)

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