22.-LOS TENACES HOMBRES QUE DESENTERRARON ASIRIA (2ª Parte)

Paul Émile Botta: Dur Sharrukin

  Apasionado por la historia bíblica, Paul Émile Botta, dedicaba gran parte de su tiempo a leer y releer los pasajes que describían los lugares descritos en el Antiguo Testamento, preguntándose hasta qué punto todas aquellas páginas podían tener un trasfondo real: “Se levantó Jonás y fue a Nínive, según la orden de Yahveh. Era Nínive una ciudad grande sobremanera, de tres días de andadura. Comenzó Jonás a penetrar en la ciudad camino de un día, y pregonaba diciendo: De aquí a cuarenta días, Nínive será destruida.”

  Botta nació en Turín en 1802. En 1830 se incorporó como médico a la corte del rey egipcio Mohamed Ali. En 1842, la política colonial francesa estaba en pleno auge. Día tras día, su frontera económica crecía a un ritmo vertiginoso, extendiéndose cada vez más por todo el Oriente Medio. En ese año se hizo cargo del consulado de Francia en Mosul.

   Por su fascinación por el mundo donde se hallaba,  Botta recorría a menudo por las aldeas próximas preguntando de casa en casa a sus pobladores cuál era el lugar de procedencia de los muchos vestigios de piedra  cerámica utilizados para la construcción de sus viviendas o simplemente si conservaban algún tipo de antigüedad. Por la zona, los pobladores recogían casi a diario decenas de ostraca[1] con extraños signos cuneiformes perfectamente grabados. Todo era válido para escudriñar una mísera pista que le llevara a la legendaria Nínive, la ciudad que fue exterminada de la faz de la tierra por Yahveh, debido a que sus reyes adoraban a dioses bárbaros y sanguinarios.

   Botta, harto de esperar por una pista que parecía resistírsele, se inclinó por comenzar sus excavaciones sin ninguna orientación concreta. Así, decidió como lugar de su primera excavación la colina de Koyunjik, no muy lejana de la ciudad de Mosul. Pero sus trabajos resultaron infructuosos. La mala suerte de su primera intentona como arqueólogo fue tal que en Koyunjik no encontró ni siquiera el palacio de Assurbanipal, edificio descubierto años después por otra expedición francesa.

  En 1843, tras un año de búsqueda infructuosa la fama de las indagaciones de Botta, preguntando por la localización exacta de un lugar en donde hubiera piezas antiguas con esa extraña escritura en forma de pisadas de ave, llegó incluso a los pueblos vecinos a la ciudad de Mosul. Cierto día, se presentó en el despacho de Botta un aldeano que, como excepción que confirma la regla, simpatizaba con los colonizadores franceses. El hombre decía venir de una aldea cercana, Khorsabad, a 15 kilómetros al noroeste de Mosul y muy cerca del río Josr. Allí, afirmó, abundaban las piedras con las inscripciones que tanto perseguía el cónsul francés. Apenas habían hincaron el pico en la tierra, cuando comenzaron a surgir a la luz del sol muros gigantescos, relieves espectaculares, decenas de tablillas con inscripciones, esculturas enormes, y un largo etcétera que hacía revivir, por fin, el ocaso de una civilización hasta ese momento desconocida. El 1 de mayo de 1847, cinco años después del comienzo de las operaciones, el Museo del Louvre inauguraba, por primera vez en el mundo, una sala dedicada a la civilización asiria.

  El resultado fue el descubrimiento de lo que el creyó eran las ruinas de Nínive, y así lo anunció al mundo. Entonces el gobierno francés financió dichas excavaciones, y Botta publicó la obra “Monumentos de Nínive“. Sin embargo, tiempo después se supo que se trataba de las ruinas de Khorsabad la Dur Sharrukin, la capital imperial creada de la nada por el rey asirio Sargón II

Dur Sharrukin se transformó en capital del imperio asirio durante el reinado de Sargón II, y fue abandonada por su sucesor en el 705 a.C., despoblándose paulatinamente, y convirtiéndose en un importante resto arqueológico, del cual Botta recuperó importantes piezas de arte asirio que fueron enviadas al Louvre en 1846. Tanto las piezas, como la obra de Botta causaron un gran éxito en Europa, y el redescubrimiento del arte asirio.


Austen Henry Layard: el descubridor de Nínive

  Layard fue quien tuvo la fortuna de ser el descubridor de Nínive, un personaje al que la arqueología bíblica debe mucho, un pionero en el campo de los descubrimientos sin el que muchas de las cosas que hoy sabemos de la antigua Mesopotamia seguirían siendo un inexorable misterio; también alguien que despreciaba los peligros inherentes a los viajes a tierras ignotas hace casi dos siglos, y prototipo asimismo del aventurero victoriano donde los haya.

   Como muchos jóvenes de cierta posición en la Inglaterra del siglo XIX, el joven Layard (1817-1894) había estudiado leyes, aunque sin demasiado entusiasmo. Lo que si le cautivó fue la idea de emprender un viaje a lejanos parajes para probar fortuna y así fue como en 1839, en compañía de su amigo Edward L. Mitford, dejó Inglaterra y el mundo que conocía para sumergirse en el Oriente. Sin embargo, capturado por el exotismo de los lugares que atravesó en su deambular por Asia, decidió abandonar su proyecto inicial (llegar hasta Ceilán) separándose de su compañero de viaje. En 1842 lo encontramos establecido temporalmente en Constantinopla, donde trabó conocimiento con el embajador británico ante la Sublime Puerta (como era conocido habitualmente el sultanato turco), Sir Stratford Canning, para quien desempeñó diferentes funciones de representación. Adscrito a la sede diplomática británica, pero sin sueldo fijo, Layard comenzó a interesarse por las antigüedades asirias con la pasión que le caracterizaba.

   Tras años de negociaciones con las autoridades otomanas, Layard pudo finalmente usar una pala en ese montículo de Nimrud, unos 30 kilómetros al sur de Mosul, en el verano de 1845. Las excavaciones desenterraron la evidencia de la grandeza de los asirios

El primer día de la excavación, Layard encontró el contorno de un palacio real.

Una semana más tarde estaba extrayendo las enormes planchas de alabastro que solían cubrir las paredes, paneles que retrataban el poder del rey asirio y la postración sumisa de sus enemigos.

En cuestión de tres o cuatro años, Layard había desenterrado la civilización de la antigua Asiria, que hasta entonces no había sido más que un nombre mencionado en las páginas de la Biblia, y había llenado el Museo Británico de esculturas y escritos del lugar en el que nació la civilización urbana.

     Entre 1845 y 1847 llevó a cabo una serie de exitosas excavaciones  en  Kalhu (la Calah bíblica también conocida como Nimrud, confundida inicialmente por Layard con Nínive, como también habia sido confundida Khorsabad por Botta, Nínive se resistía a ser descubierta.). Pero en 1847 comenzó excavaciones, menor medida, en Koyunjik un montículo en la misma ciudad de Mosul, y empezaron a vislumbrarse   a la luz los imponentes restos del palacios (luego se supo que pertenecían a Assurnasirpal  y una parte del de Senaquerib). Regresó a Inglaterra con las piezas descubiertas. Esta vez consiguió el  patrocinio del gobierno y  del Museo Británico que habían quedado impresionados por el resultado de la primera campaña de excavaciones, en gran parte sufragadas por el propio Layard.  Instalado una vez más cerca del montículo de Koyunjik, en 1848 finalmente se admitió que era la auténtica Nínive.  Con una fuerza de trabajo de  centenares de hombres, se impuso el propósito de someter el área a una minuciosa exploración. Los relieves de batallas que decoraban los restos del palacio de Senaquerib (fragmentariamente descubiertos en la campaña precedente) salieron ahora a la luz ante los maravillados ojos de Layard. No obstante, uno de los hallazgos más destacados de esta nueva etapa de excavaciones fue la gran biblioteca de Assurbanipal que representó un tesoro de incalculable valor lingüístico para la naciente ciencia asiriológica, ya empeñada en el desciframiento de la misteriosa escritura cuneiforme. Tampoco Nimrud fue descuidada en esta ocasión, descubriéndose el zigurat, al principio erróneamente identificado en un principio como la tumba del legendario Sardanápalo, así como los restos de pequeños templos erigidos por Assurnasirpal II.

 John Murray, propietario de la editorial del mismo nombre, convencería a Layard para que publicara un detallado informe de sus descubrimientos por la ‘conexión bíblica’ que muchos de estos hallazgos representaban. De alguna manera contribuían a confirmar pasajes enteros de la Biblia y principalmente a rescatar de un olvido bimilenario a la antigua civilización asiria. El resultado fue la aparición de uno de las más extraordinarias obras de arqueología jamás editadas: Nineveh and its Remains (Londres, 1849, 2 vols.), un trabajo en el que se combinaban al tiempo la literatura de viajes, la arqueología y el arte. Las ventas fueron mejor de lo esperado: unas 8000 copias vendidas en un año, lo que para un libro de estas características constituía todo un récord. Esta obra se complementó con la publicación de un notable volumen de ilustraciones en folio titulado The Monuments of Nineveh (también en 1849). Dos años más tarde aparecería una versión abreviada bajo el título A Popular Account of discoveries at Nineveh, un libro más ligero y divulgativo pero con el espíritu de aventura que caracterizaba a los volúmenes originales intacto. A esas alturas la fama de sus descubrimientos ya lo había convertido en una figura muy popular. La Universidad de Oxford le concedió un doctorado. Poco después, y con el material arqueológico reunido en su segunda campaña de excavaciones, 1850-51 donde también descendió hasta Babilonia y Nippur, Layard compuso su Discoveries in the Ruins of Nineveh and Babylon (1853), uno de los libros mejor escritos de entre los de su género. A este volumen le siguieron los correspondientes grabados que fueron editados bajo el título de A Second series of The Monuments of Niniveh (1853) y, más de una década después, una edición abreviada de sus hallazgos en la segunda campaña, pensada para un público más amplio y que fue editada como Nineveh and Babylon A Narrative of a Second Expedition to Assyria during the years 1849, 1850 and 1851 (1867).

Entre 1877 y 1889 desempeñó el puesto de embajador en Constantinopla, verdadera culminación de una vida dedicada a tierras orientales. Poco antes de abandonar este prestigioso cargo aún proporcionaría al mundo un nuevo volumen: Early adventures in Persia, Susiana and Babylonia (2 vols., 1887), un magnífico modelo de libro de viajes y aventuras, cuya versión abreviada, publicada en el mismo año de su muerte (1894) sigue hoy gozando de justa fama entre los amantes del género.

Asalto a la ciudad de Lakis

Hormuzd Rassam: el arqueólogo autóctono de Nínive

  En 612 aC., Nínive fue saqueada en una rebelión liderada por los babilonios. Dejaron a la ciudad más rica del mundo en ruinas, con sus palacios ardiendo y sus habitantes muertos o deportados como esclavos. Pero el fuego coció las miles de tablillas de la destruida biblioteca del difunto rey Asurbanipal, conservándolas a lo largo de los siglos. Entre ellas,  la cuidadosamente transcrita “Epopeya de Gilgamesh”. Dos milenios y medio más tarde, en el invierno de 1853, el poema fue rescatado por el arqueólogo Hormuzd Rassam, un hombre que había crecido en Mosul, al otro lado del río. Fue el primer arqueólogo nacido y criado en Medio Oriente.

   En una época en la que los imperios consideraban a los locales como poco menos que manipuladores de palas y arrieros de burros, él había sido designado por el Museo Británico para liderar la excavación arqueológica más importante de esos tiempos.

      La familia de Rassam era cristiana caldea, descendientes de los antiguos asirios que se habían convertido al cristianismo en el siglo IV y que se habían mantenido étnicamente distintos de las poblaciones árabes y kurdas de Irak. Cuando Rassam estaba creciendo, Mosul era un lugar pacífico. La ciudad era parte de un Imperio otomano que se estaba esfumando lentamente y era un lugar provinciano estancado que tenía poco que ofrecerle a un joven lleno de energía y talento.

Pero en 1945, cuando Rassam tenía 19 años, conoció a alguien que cambió su vida: Austen Henry Layard.

 Para cuando Layard llegó a Mosul, ya había visto los templos de Petra y Baalbek, así como las ciudades de Damasco y Alepo. Pero fueron las aún no excavadas ruinas de Irak las que realmente cautivaron a Layard.

“Un profundo misterio flota sobre Asiria, Babilonia y Caldea. Con esos nombres están vinculadas grandes naciones y ciudades… las llanuras en las que tanto judíos como gentiles buscan la cuna de su raza“, escribió.

Cuando se ocultaba el Sol, vi por primera vez el gran montículo cónico de Nimrud erigiéndose contra el claro cielo vespertino. Estaba en el lado opuesto del río y no muy lejos, y me dejó una impresión que nunca olvidaré… mis pensamientos constantemente están en la posibilidad de explorar exhaustivamente con una pala esas grandiosas ruinas”.

  No obstante, como Layard admitió siempre, nada de esto habría sido posible sin Hormuzd Rassam.

Los toros alados con cabezas humanas eran los guardas de las ciudades asirias.

Si bien el inglés sabía cómo conseguir fondos de los patronos del Museo Británico, era Rassam quien sabía cómo lidiar con los aldeanos del norte de Irak y quien hablaba árabe, turco y siríaco, el lenguaje de los cristianos asirios. Era Rassam quien sabía cómo regatear con los jeques tribales, cómo sobornar al gobernador local con café, cómo contratar a 300 hombres para que arrastraran una colosal estatua de un toro con alas hasta el Tigris y ponerla a flotar en una balsa de tablas de madera y pieles de cabra infladas.   Por más que quisieran, Rassam y Layard no podían embarcar todo para el Museo Británico.

   Entre los sitios que excavaron estaba la puerta de Nergal en el muro norteño de Nínive, la puerta está flanqueada con lo que Layard describió como “un par de majestuosos toros con cabezas humanas, de 14 pies de largo y todavía enteros, aunque agrietados y averiados por el fuego”. Conocidas como Lamassu, estas bestias eran puestas en las puertas de las ciudades asirias para intimidar a los enemigos y alejar a los espíritus demoníacos.

   A medida que sacaban a Asiria del olvido, Layard y Rassam forjaron una amistad que duró por el resto de sus vidas. Paradójicamente, mientras que Layard, como muchos orientalistas europeos, se deleitaba vistiendo atuendos orientales, Rassam hacía lo posible por presentarse como un inglés victoriano. Cabalgaba por las llanuras de Irak con chaleco y chaqueta, y se convirtió al protestantismo. Pasó 18 meses estudiando en Oxford, desde donde le escribió a Layard: “Prefiero ser un deshollinador en Inglaterra que un Pasha en Turquía”.

   Las excavaciones dependían tanto de Rassam que, cuando Layard se retiró de la arqueología para convertirse en un diplomático y político, el Museo Británico contrató al joven iraquí para que continuara sólo con las excavaciones. A su retorno a Mosul, demostró una asombrosa devoción a los intereses de su país adoptivo.

   En la región del Tigris que estaban explorando, los británicos estaban compitiendo con los franceses por las antigüedades de civilizaciones milenarias. El primero en excavar Nínive había sido Botta, como hemos mencionado, pero  había suspendido sus excavaciones para concentrarse en la aldea cercana Khorsabad, Dur Sharrukin,  se entendía que el lugar seguía estando bajo la influencia francesa. No obstante, Rassam estaba en su tierra y no iba a dejar que los tesoros de Nínive terminaran en el Louvre.

   Sin ningún tipo de permiso oficial y trabajando al amparo de la oscuridad, Rassam hizo que su equipo cavara en la esquina norteña del montículo. En diciembre de 1853, casi una semana después de haber empezado a excavar, un enorme pedazo de tierra colapsó y Rassam oyó a sus hombres gritar: “¡Suwar!” (“¡imágenes!”).

    Allí, a la luz de la Luna, estaban unas placas de piedra que habían sido talladas más de 2.500 años antes para las habitaciones del rey asirio Asurbanipal. Era arte de una calidad que quitaba el aliento: escenas de una cacería de leones en Mesopotamia, de animales que sucumbían a las flechas del rey; escenas conmovedoras con una intensidad dramática que superaba todo lo que había sido hallado en Medio Oriente antes.

“Las escenas de la cacería de leones datan del período más desarrollado del arte asirio”, señalaba John Curtis, presidente del Instituto Británico para el Estudio de Irak. “Son las tallas en relieve asirias más sofisticadas”.

    Sólo eso ya hacía del palacio de Asurbanipal uno de los hallazgos más importantes del siglo XIX. Pero además el piso del palacio estaba lleno de restos de la biblioteca del rey. Aunque no sabía leer escritura cuneiforme y todavía no lo sabía, Rassam había encontrado la tableta que simplemente fue denominada Número 11: Se trataba, la Epopeya de Gilgamesh, que contenía el mito babilónico del diluvio, algo que podía desmoronar las versión bíblica, tomada hasta entonces como original e inspirada por Dios.. El privilegio traducirla correspondería George Smith, gracias al desciframiento de la escritura cuneiforme, cuyo autor puede considerarse que fue Rawlinson.

El poema de Gilgamesh

[1] Los ostraca, u ostracones eran tablillas de piedra caliza blanda o de terracota utilizadas para escribir. El papiro se empleaba en documentos oficiales mientras que los óstraca se utilizaban como borradores, o cuando no se tenía acceso a papiros, ya que este resultaba especialmente caro.

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