22.-LOS TENACES HOMBRES QUE DESENTERRARON ASIRIA (1ª Parte)

Recreación de lo que sería Dur-Sarrukin, la ciudad de Sargón, según las evidencias arqueológicas.

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      Imaginemos que nos encontramos en Mesopotamia en la primera mitad del siglo XIX, una región que pertenece al Imperio Turco.  Desde hace  años algunos europeos se han aventurado por estas tierras, ¿Qué buscan, se preguntan la población árabe? Porqué el verano en Mesopotamia es largo. Comienza a mediados de marzo y llega hasta noviembre. El invierno propiamente dicho dura apenas ocho semanas. Ya en el mes de febrero verdean los prados en los oasis.
   El clima es uno de los más cálidos y despiadados de la tierra. En verano, un calor que llaga a los 60 grados convierte el país en un infierno amarillo, cuyo color cadavérico cubre colinas y valles. Entonces nubes de polvo cubren los campos resecos amenazan ahogar a hombres y animales.  Raras veces llueve. Cuando llueve, se trata de chubascos de increíble violencia. Bajo una terrible capa de relámpagos inundan la tierra y la convierten en un mar de cieno. El que viaje por tierra, corre peligro de perecer en el peligroso pantano.
   En este país inmenso de los dos ríos, muestra la naturaleza toda la plenitud de su poder. Le enseña al hombre cuan insignificante es esté. En cualquier momento contradice su voluntad: le hace piadoso. Pero también le hace paciente.
   En primavera despiertan legiones enteras de pulgas, que ansiosas de sangre se arrojan sobre las personas. Al llegar el ardor del verano, son sustituidas por nubes de amófilos, una especie de avispón, ocasiona tumefacciones que causan un intenso ardor. A ello se añade la diarrea. No es raro que degenere disentería y ponga en peligro la vida.
Constituye un terrible tormento la “ampolla de Bagdad”, la  “ampolla del año”, como dicen los árabes. Se trata de una dolencia de la piel, que frecuentemente aparece en la cara. De unos granos en la piel se desarrollan grandes y dolorosas llagas. Se llenan de pus y pueden producir deformaciones faciales. Su curación requiere casi un año entero, de ahí el nombre de “ampolla anual”. Los árabes autóctonos las extirpan con un hierro candente. Pero algunos europeos ya han podido observar en su propio cuerpo esta desagradable enfermedad. Los escorpiones, las serpientes venenosas, las arañas gigantes y legiones de escarabajos contribuyen a hacer difícil la vida.
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   Aún así,  los viajeros europeos ya habían viajado anteriormente. Tenemos por ejemplo, el caso de Don García da Silva y Figueroa (1550-1624) fue un soldado, diplomático, erudito y explorador español, el primer occidental en identificar las ruinas de Persépolis (Taḵt-e Jamšid), la antigua capital del Imperio aqueménida en Persia. Felipe III lo habia elegido para encabezar la embajada española a la corte de Abbás el Grande, gobernante del Imperio safávida (Persia). Escribió una crónica completa de sus viajes titulada Totius legationis suae et Indicarum rerum Persidisque commentarii, que constituye sin duda alguna la mejor descripción de la Persia de entonces.
Entre las numerosas crónicas viajeras sobre el próximo o el lejano Oriente de los siglos XVI y XVII, siempre ocuparán un lugar destacado las de los viajeros portugueses. Sus textos contribuyeron como pocos a abrir la insondable puerta de esa parte del mundo a los ojos cultos de Europa. Algunos experimentaron incluso un envidiable éxito comercial: por reseñar el mejor ejemplo, las peripecias lejanas de sus extraordinarios viaje por Persia  China y Japón,
 
   Este, pues, el país en el que en otro tiempo se hallaban las suntuosas ciudades de los asirios y los babilonios. Es el país que volvía a la gente sumisa frente a los dioses, pero también cruel y despiadada. Y partir de ahora será el país de un linaje de  hombres tenaces e irreductibles en su propósito: los arqueólogos.
 
   El primer gran objetivo de los aventureros/arqueólogos destinados en Mesopotamia era la localización de Nínive, capital del Imperio Asirio, y que en la Biblia se citaba que eran necesarios tres días para recorrerla. A su vez, su importancia radicaba en el hecho de ser capital de los asirios, el gran pueblo conquistador de la Biblia. Al mismo tiempo, ya se conocía que muchas de las colinas llamadas tell en árabe, de extraña forma guardaban restos de ciudades antiguas, y se pensaba que una de las colinas cercana a Mosul podía ser Nínive.
  A continuación citaremos a los arqueólogos más importantes, los descubridores de Asiria. Muchos de estos arqueólogos intervinieron, como es lógico,  no solo en la región de Asiria, sino en las de Babilonia y las de Sumer (Ur, Uruk, Eridú), pues  Mesopotamia entera era una fuente inagotable de tesoros escondidos durante 2500 años, y que salían por primera vez a la luz. Un acontecimiento extraordinario y  único para el conocimiento histórico,  que solo puede ocurrir una vez.  La emoción sublime del descubridor no creo que pueda ser descrito con palabras para este humilde historiador del siglo XXI.
 
Claudius James Rich: el precursor
 
  Claudius James Rich (1787 -1821) no fue propiamente un arqueólogo, sino  un explorador y viajero británico.​ En 1804, Rich viajó a Estambul y Esmirna donde permaneció durante algún tiempo, perfeccionando su dominio del turco.​ Más tarde se desplazó a Alejandría como asistente del cónsul-general británico en la ciudad, allí se dedicó al estudio del árabe y sus distintos dialectos, y se convirtió en un especialista en usos y costumbres orientales.
    Al dejar Egipto, viajó por tierra al golfo Pérsico, vestido de mameluco. Visitó Damasco, donde logró entrar en la Gran Mezquita sin ser descubierto. En Bombay, adonde llegó en septiembre de 1807, fue invitado de Sir James Mackintosh, con cuya hija mayor se casaría en enero de 1808; después de lo cual partió para instalarse en Bagdad.​ Exploró las ruinas de Babilonia y proyectó un estudio geográfico y estadístico de la ciudad. Los resultados de su trabajo sobre Babilonia aparecieron primero en la publicación vienesa Fundgruben des Orients, y en 1815 en Inglaterra, bajo el título de Narrative of a Journey to the Site of Babylon in 1811.
 
  Entre 1813 y 1814, Rich pasó un tiempo en Europa y tras su retorno a Bagdad se dedicó al estudio de la geografía de Asia Menor, coleccionando mucha información sobre conventos sirios y caldeos relacionados con los yazidíes.​ Durante este periodo realizó una segunda investigación en Babilonia, y en 1820 llevó a cabo una amplia expedición marchando desde Bagdad a Kurdistán, de ahí marchó hacia al norte, a Solimania, al entonces al este, a Sinna, hacia el oeste a Nínive y por último descendió por el Tigris de nuevo hasta Bagdad.​ La narración de este viaje, que contiene los primeros estudios precisos, procedentes de investigación científica, de la topografía y geografía de la región, fue publicada por su viuda con el título de Narrative of a Residence in Koordistan and on the site of Ancient Nineveh (Londres, 1836).​ En 1821, Rich viajó a Basora, desde donde hizo una excursión a Shiraz, visitando Persépolis y otras ruinas cercanas.​ Murió a causa de una infección de cólera en Shiraz el 5 de octubre de 1821.​ Su valiosa colección de manuscritos y monedas fue adquirida por el Museo Británico.
 
 
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Las ruinas de la mítica ciudad de Kalah, mencionada en Génesis, Capital del Imperio Asirio entre los siglos X-VIII aC
Reconstruccion del templo-palacio de Assur

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