LA TUMBA DEL REY: IV EL PROFETA Y EL REY

Cuando el rey Ezequías murió, le sucedió por fin Manases. Yo, que habia sido su fiel compañero, fui nombrado su Guarda Tesoros.

Manasés se dio cuenta de que la recuperación económica de Judá interesaba al Imperio Asirio; y no se equivocaba, por eso el tributo exigido a Judá se redujo y era considerablemente menor que el que debían pagar los estados vecinos. Además, Manasés fue uno de los reyes que  ayudaron a  Esar-Hadon  a conquistar Egipto años después[1].

El objetivo de Manasés era la recuperación económica de Judá y aquello requería devolver cierto grado de autonomía económica al campo, que solo era posible con la colaboración de las antiguas estructuras sociales de las zonas rurales, organizadas en torno a la parentela, lo que significaba permitir la reanudación del culto en los altozanos a Baal, Asera y las huestes del cielo.

Con Manasés, Judá se integró totalmente en la economía internacional asiria. En aquel tiempo la ciudad de Gaza era la “aduana de Asiria”; hasta ella llegaban los artículos de lujo que transportaban los árabes en sus caravanas a través del desierto. Aquellas mercancías venían de Arabia y el Índico en dirección al Mediterráneo Oriental. Algunas de las más importantes rutas de caravanas pasaban por los territorios del sur de Judá, en el valle de Berseba, y los judíos, junto a fenicios, edomitas, árabes y asirios, participaban en esta actividad comercial que proporcionaba grandes ganancias. En el interior del desierto había al menos dos grandes fortalezas para el control de las caravanas; uno de ellos en Cades-Barnea, en el Neguev, y otro en Haseva al sur del mar Muerto, ambos con guarniciones judías y edomitas.

El otro pilar en que se apoyaba el desarrollo económico de Judá en tiempos de Manasés era la producción de aceite de oliva, centralizada en la ciudad de Ecrón, donde se construyeron más de cien prensas aceiteras, con una producción anual aproximada de mil toneladas de aceite. Esta industria olivarera estaba orientada a la exportación a Egipto y Mesopotamia.

Manasés significó la vuelta al poder del bando moderado, opuesto a la política de Ezequías; el rey optó por cooperar con Asiria y reincorporó Judá al  comercio internacional. Los profetas y sabios partidarios del culto exclusivo a Yahvé se sintieron frustrados por aquella deriva de los acontecimientos; si Ezequías era considerado por ellos el salvador de Israel, su hijo Manasés era la encarnación del mal.

Manasés  decidió crear una religión centrada en  el culto al sol, la luna y las estrellas;  instituyendo su propio sacerdocio no aarónico, compuesto de cualquier persona del pueblo que estuviera dispuesta a conseguir el puesto ofreciendo un toro y siete corderos. Estos sirvieron para los lugares altos y para los demonios de forma de cabra y para los becerros que había hecho. Manasés también inventó días santos especiales, y él mismo puso el ejemplo al pueblo para que hiciesen sacrificios a estos dioses de nuevo cuño.

Si,  para horror de mi padre, el viejo Profeta, mi hermano y todos los profetas del reino, Manasés comenzó su reinado haciendo lo que era malo a los ojos de Yahvé. Reedificó los lugares altos que su padre había destruido, levantó altares a Baal, adoró a todo el ejército de los cielos y edificó altares para la religión falsa en dos patios del templo. Además, puso dentro de la casa de Jehová la imagen tallada del poste sagrado que había hecho. Indujo a Judá y Jerusalén a hacer lo que era malo, más que las naciones que Jehová había aniquilado de delante de los hijos de Israel. [2]

Pocos meses después de la coronación llegó a Jerusalén una embajada del reino de Esparta, cuyo rey Polidoro (Πολύδωρος), ratificaba su pacto con Judá mediante el matrimonio de su hija Ergatia con Manasés.

Polidoro pertenecía a la dinastía de los Agíadas, y habia sucedido  a su padre Alcamenes.

Manasés imitó también en esto  Salomón, rey de Canaán y faraón de Egipto. Según las antiguas crónicas una de sus principales esposas fue la sacerdotisa griega  Ifigenia, la hija de Agamenón, rey de Micenas. A la griega se la habia traído años  a Salomón la diosa Artemisa cuando castigó a Agamenón tras haber matado éste un ciervo sagrado en una arboleda sagrada y alardear de ser mejor cazador. En su camino a Troya para participar en la Guerra de Troya, los barcos de Agamenón quedaron de repente inmóviles al detener Artemisa el viento en Áulide. Un adivino llamado Calcas reveló un oráculo según el cual la única forma de apaciguar a Artemisa era sacrificar a Ifigenia, hija de Agamenón. Se disponía a cumplir la cruel orden, pero en el último momento Artemisa la sustituyó  por una corza o una cierva y la transportó a Menfis donde Salomón la convirtió en su sacerdotisa y tenía la misión de sacrificar a los extranjeros como ofrendas a la diosa. Hizo pasar a sus hijos por el fuego, practicó la magia, la adivinación y fomentó el espiritismo. Cantaba:


 Encenderé tus labios y tu cabello ardiente
Tú no envejecerás y todo lo existente
Cobrará nueva vida sobre el destino amado
La fuga ineluctable de mi sangre en el mundo
Dará un fulgor más vivo al sol agonizante
Hará la flor más roja y hará el mar más profundo
Un amor inaudito descenderá hasta el fin del mundo
Hasta la séptima puerta
.

 Respecto a Manasés,  en virtud del pacto con Esparta, tuvo que enviar a mil guerreros como mercenarios a la invasión de Mesenia. Esparta, buscaba tierras suplementarias para asegurar su crecimiento. Y decidió anexionarse Mesenia que era buena para arar, buena para plantar.

La guerra fue de hecho una serie de golpes de mano o de asedios. Esparta pagaba mercenarios de Creta, Corinto, Siria y Judá, mientras que Mesenia se beneficiaba del apoyo arcadio, con las tropas de Argos, Sición y Mileto.

El conflicto duró 5 años, al cabo de los cuales Esparta logró la victoria. La fortaleza del monte Itome, último bastión mesenio, fue destruida. La aristocracia mesenia se fugó a las ciudades de los alrededores, mientras que el pueblo fue obligado a pagar con la mitad de su producción agrícola a sus nuevos dueños.

 Al final de la guerra, Mesenia fue anexionada. Una parte de los habitantes, los de la planicie, fueron reducidos al estado de ilotas, mientras que los de las ciudades costeras adquirieron el estatus de ciudades periecas. Polidoro logró una gran reputación en Esparta y era muy grato al pueblo, reorganizó la distribución de la tierra de Laconia, aumentando el número de lotes de tierra. Polidoro y el otro rey espartano, Teopompo, modificaron la constitución de Esparta, para restringir los derechos del pueblo. Pero en el cenit de su poder, Polemarco, miembro de una distinguida familia espartiata le mató. Después de su muerte le concedieron grandes honores. Y el sello real de Esparta fue acuñado con la efigie de Polidoro. Le sucedió su hijo Eurícrates que licenció a los 327 mercenarios judíos que todavía sobrevivían para que regresaran a Jerusalen.

Fue por aquella época que sucedió que hubo un profeta llamado Miqueas, que por la palabra de Yahvé fue a Betel, mientras el rey  estaba de pie junto al altar para hacer humo de sacrificio. Isaías, el mensajero del gran cansancio, dice de los hombres superiores: ni el pesimista, ni el filólogo, ni el sabio, ni el artista, ni el que desprecia las riquezas han sabido superar su propio disgusto, solo el creyente es feliz. 

Entonces al llegar Miqueas ante Manasés  gritó contra el altar, por la palabra de Jehová:

—Oh altar, oh altar, esto es lo que ha dicho Yahvé: ‘¡Mira! ¡Un hijo que le nace a la casa de David, cuyo nombre es Josías! Y ciertamente sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los altares falsos que están haciendo humo de sacrificio sobre ti, y huesos de hombres quemará sobre ti. 

El rey, reponiéndose de la primera sorpresa le respondió:

—Todo es igual, nada merece la pena, es el concienciador del espíritu, que prefiere no saber nada a saber mucho a medias, para quien en la verdadera ciencia no hay nada grande ni nada pequeño; ya sé que eres el expiador del espíritu, el encantador, el que busca el amor y el dolor; el peor de los hombres, el que ve a un Dios compasivo como un testigo del que procura vengarse

Pero Miqueas dio un portento presagioso en aquel día, diciendo:

—Sí, soy el mendigo voluntario que desprecia a los esclavos de la riqueza que saben sacar provecho de las basuras, a ese populacho dorado y falso, y el rey tiene que procurar liberarse de una fe estrecha; son otros tantos tipos de hombres superiores cuya nobleza estriba en la repugnancia que sienten hacia los hombres y hacia sí mismos. Este es el portento presagioso del cual Yahvé ha hablado: ¡Mira! El altar se parte, y las cenizas grasosas que están sobre él ciertamente se verterán.

Tan pronto como el rey oyó las palabras que el profeta  había gritado contra el altar de Betel,  se encolerizó y dijo:

—¡Apresad a ese charlatán!—ordenó a los soldados—. Hombres superiores…; no hay hombres superiores; todos somos iguales… hemos inventado a Dios.

  Pues bien, tras la orden que dio el rey, al instante la mano del soldado que tocó al profeta se quemó. Y el altar  se partió de modo que las cenizas se vertieron del altar, conforme al portento presagioso que Miqueas, el hombre del Dios verdadero había dado por la palabra de Yahvé.

Toda la comitiva se quedó asombrada. El rey  dijo entonces temerosamente al profeta:

—Reza, por favor, a Yahvé tu Dios y ora a favor de mí para que  restaure la mano de mi soldado que no tiene culpa.

Increíblemente,  Miqueas entró en éxtasis espiritista, y  la mano del soldado  fue sanada, y llegó a estar como al principio. Todo este truco se lo creyó Manases y todos los demás.

—Ven conmigo a casa- le decía el rey a Miqueas- déjame darte un regalo-  Pero él le respondió al rey con altivez:

—Aunque me dieras la mitad de tu reino no iría contigo ni comería pan ni bebería agua en este lugar. Porque así me mandó  la palabra de Jehová: ‘No debes comer pan ni beber agua, y no debes regresar por el camino que fuiste’. 

Y se fue por otro camino, y no regresó por el camino por el cual había venido a Betel….

-Esta historia no la sabes entera,  Rey Manases- le dijo Maher- porque para mi padre, Isaías, sus libros eran como etapas de su curación, de acuerdo con la máxima que se había dado a sí mismo: Ser absolutamente personal  pero sin emplear la primera persona; una especie de memoria[3].

 El tiempo transcurre tan lentamente cuando no contamos con referencias que lo que dura un siglo nos puede parecer un segundo o viceversa…y ya habían pasado muchos años desde la última vez que él había abierto sus ojos al mundo. Un nuevo despertar y la esperanza de una nueva vida…, ya ni siquiera el hijo del profeta recordaba cuántas y cómo habían sido, pero estaba seguro que habían sido muy buenas.

De momento, seguiría escribiendo tal como su padre, Isaías,  habia explicado a sus discípulos que habia ocurrido el hecho:
Pero el Viejo Profeta[4] moraba en Betel, y sus hijos ahora entraron y le contaron lo que habia pasado entre el profeta Miqueas y el rey Manasés. La acuciante necesidad lo obligó a levantarse casi con desesperación. Su osamenta, tan vieja casi como la ciudad en la que se encontraba, crujió cuando trató de mantenerse erguido. Los síntomas de la descalcificación eran inconfundibles y se estremeció al sentir el escalofrío corriéndole por la huesuda y encorvada espalda.

Cuando los hijos de Viejo Profeta terminaron de relatar que le habia sucedido a Miqueas, le advirtieron:

—Ese profeta es un verdadero enviado de Dios, te quitara tu posición, padre”—dijeron los hijos del Viejo Profeta.


  Entonces les habló su padre:

— ¿Y decís que se fue por otro camino? Vamos a buscarlo.

Averiguaron que habia cogido el camino de Siquem

—Preparadme mi mulo—ordenó Viejo Profeta

Por lo tanto, le aparejaron el mulo, y  se fue cabalgando hacia la carretera de Siquem.

 Fue fácil encontrarlo, pues se habia parado a descansar entre unos álamos a solo una milla de Betel.

— ¿Eres tú el hombre del Dios verdadero que ha salido de Hebrón?—le dijo

—Yo soy, mi nombre es Miqueas— respondió

—Ven conmigo a casa y te daré alimento y te repondrás.

 —No puedo volver contigo -respondió Miqueas-  y no puedo comer  ni beber   en este lugar. Dios me lo ha ordenado.

Ante esto, Isaías le dijo:

—Mira, yo también soy profeta como tú, y un ángel llamado Gabriel  me ha hablado, diciendo: “Hazlo volver contigo a tu casa y dale de comer,  porque ha cumplido con la misión santa”.

Miqueas le creyó, hacia cinco días que no comía, fue invitado a nuestra casa.

 Y mientras estábamos sentados a la mesa aconteció que mi hermano, Sear-jasub, profeta joven, entró en arrobamiento y la voz del dios le dijo dentro de su mente:

—“Tu padre lo engañó bien, era una mentira para probarlo y Miqueas ha sucumbido. Por haberse dejado engañar  y desobedecido  la palabra de Jehová, morirá y su cuerpo muerto no entrará en la sepultura de sus antepasados…”

En este punto, Maher se volvió a interrumpir en la historia que explicaba a Manasés,  no pudo seguir el hilo de la historia, al recordar tanta traición.

Maher dejó de escribir la versión que le  había transmitido su padre, ya que sintió como si en su cerebro quisiera encenderse una pequeña luz y sonrió marcando en su ajado rostro un rictus que parecía de disgusto.

—Mis padres tuvieron  dos hijos- se decía  a sí mismo en voz alta Maher con los ojos bañados en lágrimas y hablando en tercera persona como si eso hubiese pasado en  un tiempo que él no estuviera-, ambos con nombres de significado profético. El primogénito, mi hermano Sear-jasub, acompañó a  padre cuando este comunicó mensajes divinos al malvado rey Acaz. Podemos concluir, pues, que mis padres hicieron de la adoración a Dios un asunto de familia. Pero no tengo necesidad de justificarme: los hombres, con su virtud libre de moralina, eran los modelos de humanidad no domesticada que pretendieron justificar erróneamente, como representativos de una idea. Esa transmutación adopta también naturalmente la forma de un anuncio profético. Pero volvamos al relato del profeta:

 Miqueas  se dio cuenta al ver los rostros de mi padre y mi hermano, y dijo:

—Oh Yahvé, perdóname!- gritaba una y  otra vez- No tuve el valor de mirar hacia atrás, los cadáveres de mis días marcan mi camino y les voy llorando, unos se pudren en las playas otoñales, o en pequeños conocidos que crecen, que florecen y fructifican al mismo tiempo y en todas las estaciones. Jehová mío, otros días lloraron antes de morir  donde ardientes ramos rodaban y las rosas de la electricidad ya no se abren  en presencia en cada cosa olvidada y viviente.

 Miqueas habia estado tan absorto en sus pensamientos que la sentencia de Dios  le provocó un desasosiego tan profundo como su historia misma, esa que le costaba tanto recordar. Sus oídos, acostumbrados al silencio, recogieron esas palabras que sonaban duras y su proceso cognitivo demoró algunos minutos en descifrar el mensaje. Aunque el idioma no le resultaba desconocido tuvo que esforzarse para recordarlo. Las palabras repetidas en forma de susurros y sus peculiares sonidos fueron creando imágenes que desfilaron por su mente recomponiendo conocimientos ya casi olvidados. Recordaba sus canciones de juventud:


“Oh perfumes del pasado que la corriente de aire se lleva
Los efluvios salinos daban a tus labios el sabor del mar
Olor marino olor de amor bajo nuestras ventanas se moría el mar
Y el olor de los naranjos te envolvía de amor
Mientras en mis brazos te acurrucabas
Quieta y callada.”

Mientras comía, Miqueas estaba envuelto en tenebrosos pensamientos observado  por el Viejo Profeta y sus hijos. Después que  hubo comido abundante carne de cordero con pan,  y  bebido buen vino de Jope, se levantó con la ayuda de los hijos del profeta, montó en su burro pardo y cogió el camino de Siquem.

Cuando iba por el bosque, llegando a la ciudad de Siló un león le saltó en el camino y  dio un potente rugido, Miqueas corrió hacia arriba y entró en una cueva que estaba en la ladera, escondiéndose allí. Pero, parece ser que el frío de la mañana que ya venía, o por la cena que habia tomado  en nuestra casa, o que fuese su costumbre, le vino en voluntad de hacer lo que nadie puede hacer por uno… pero era tanto el miedo que había entrado en su corazón, que no osaba apartarse un milímetro de la pared de la cueva. Sin embargo, no hacer lo que tenía gana tampoco era posible;  así, lo que hizo, por bien del desahogo, fue soltar el nudo corredizo con que los se sostenían los calzones y, tras esto, alzó la camisa lo mejor que pudo y expuso  así al aire todas sus posaderas, que no eran  pequeñas. Hecho esto, que él pensó que era lo  que tenía que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia, se dio cuenta que no podría soltar la carga sin dejar de hacer un estrépito y ruido que alertara al león, así que comenzó a apretar los dientes y encoger los hombros, recogiendo en sí el aliento todo cuanto podía; pero, con todas estas precauciones, fue tan  cenizo  que hizo el  ruido característico de tal faena.[5]

—¿Qué ha sido este sonido, Miqueas?—Le dijo el león asomándose en la boca de la cueva

—No sé, señor León— respondió él ingenuamente-. Alguna cosa  debe de ser, por Jehovah.

Pero como el león tenía el sentido del olfato más vivo  que el oído o la vista, y los vapores se expandían inevitablemente,  no se pudo evitar  que la fiera se percatase perfectamente de la situación de su presa.

—Me parece Miqueas, que tienes mucho miedo, ¿dónde está Jehovah ahora?

—Sí,  estoy aterrorizado—respondió Miqueas—,  ¿en que lo has notado, rey de los animales?

—En que  no hueles a azucenas del Neguev precisamente, sino a aguas estancadas o algo peor—respondió el león.

—Yo no tengo la culpa, bestia inmunda,  por tu culpa estoy en esta situación, que Jehovah te maldiga.

 El león ya enervado, dio por concluida la entrevista, y saltó sobre Miqueas, y después de una breve resistencia, le apresó por la yugular y lo sacó al camino, quedando allí tirado desangrándose.

Los sordos crujidos de sus articulaciones mientras el alma de Miqueas se separaba y trataba de enderezarse, le hicieron recordar que una fractura significaría el fin, un fin que parecía no llegar nunca, y que inconscientemente, era tan temido como deseado. Un rato más tarde conseguía recuperar el control de su espíritu, ya que su cuerpo físico yacía en el camino, inerte. Un suspiro de alivio escapó de su boca y junto con el sonido llegó hasta sus fosas nasales la fetidez de su aliento. Aunque acostumbrado a ella su huesuda nariz se arrugó en muestra de disgusto. Y el burro estaba parado a su lado, y el león estaba parado al lado del cuerpo muerto de Miqueas. 

Unas horas más tarde, cuando ya anochecía,  unos hombres que venían pasando,  vieron el cuerpo de Miqueas arrojado en el camino, y el león parado al lado del cuerpo muerto.

 Cuando se enteró el Viejo Profeta, mi padre, aunque habia sido el colaborador de dios en la traición, en seguida proclamó:

—Es el hombre del Dios verdadero que se rebeló contra la orden de Yahvé; y por eso envió  al león, para que lo quebrantara y le diera muerte, conforme a la palabra de Jehová, el Justo.

Y pasó a decirnos:

—Vamos a buscar el cuerpo—,nos pusimos en marcha y dos horas después hallamos el cuerpo  Miqueas que yacía en el camino, con el burro y el león parados al lado del cuerpo muerto. El león no se había comido el cuerpo, ni había atacado al burro. Nos enfrentamos al león y este huyó, subimos al muerto en su burro y lo trajimos de vuelta a nuestra casa, en Betel. Al día siguiente Viejo Profeta ordenó que fuera depositado en su propia sepultura, que tenía en propiedad;  pagó a las plañideras para un entierro legal compuso una endecha que le dedicó:

¡Qué lástima, hermano mío!

A tu luz, en el suelo humedecido,
brota el aroma que perfuma el viento;
así, dulce también, el amor perdido
surgir del corazón otra vez siento.
Pasaron las congojas de tu vida;
pasó cuanto turbaba tu reposo;
y hoy, en el seno de soledad,

recuerdo de nuevo, y eres dichoso.
¡Condición de vivir afortunada vivir de recuerdos!
El tiempo se lleva lágrimas y angustias;

de lo que pudo haber sido y no fue.
Mas de la muerta juventud se apiada,
y no quiere arrancar su flores mustias.

Después de haber enterrado a Miqueas,  Viejo Profeta pasó a decir a sus hijos: “Cuando yo muera tienen que enterrarme en la sepultura en que está enterrado él. …. Al lado de sus huesos depositen mis propios huesos. Porque sin falta se realizará la palabra que él clamó, por la palabra de Jehová, contra el altar que está en Betel y contra todos  los lugares idólatras que están en las ciudades de Israel.

—Y así fue el final del profeta Miqueas, el que te amonestó en aquella ocasión, rey Manasés.

— ¿Entendiste el significado, que fue para ti?-

—Fue…fue como si aquello volviera a repetirse una y otra vez.

— ¿Sentiste algo, viste a dios?

—Todo—Me estremecí—.Todo aquel infierno ¿Qué era Manases?

—Amigo Maher, pasado el momento, uno se siente mejor. Puedes vivirla de nuevo, la experiencia religiosa, y cuantas veces quieras, y cada vez te dolerá un poco menos. Ya lo comprobaras.

Por primera vez, en mucho tiempo, me sentí asombrado. Pensé un rato y luego dije:

—Sí, es posible que sienta a dios yo solo, pero ¿Cómo nunca me pasó antes?

—Necesitas que alguien te escuche…y creas…la fe..

— ¿Qué me escuche, quien…ÉL?

—Si, como mi padre y el tuyo, dos hombres con fe.

— ¿Cómo puedo saberlo? Mi padre hablaba con Yahvé… bueno…  eso siempre entendió.

—Ah Maher! No soy yo quien tiene que creer o no creer. ¿A ti te parece real?

—Supongo…es todo lo que tenemos…es nuestra razón de existir, ¿No?

—Bueno, eso es lo único que interesa, lo que tú creas….

Tras  la lección de la historia de Miqueas el profeta,  Manasés  quedó reafirmado en sus ideas, quizás que dios era solo una idea, que era crucial para el espíritu reconocer que uno tiene miedo no sólo de objetos específicos sino también un sentimiento de aprehensión general, que llamó “temor a dios”. La muerte de Miqueas lo interpretó como la forma que tenía Dios de pedir a cada individuo un compromiso para adoptar un tipo de vida personal válido. El concepto de angustia posee un papel decisivo; la angustia lleva a la confrontación del individuo con la nada y con la imposibilidad de encontrar una justificación última para la elección que la persona tiene que hacerNausea y Angustia, términos equivalentes pero con matices diferenciados: La náusea como reconocimiento que realiza el individuo de la contingencia del Universo, y angustia para el reconocimiento de la libertad total de elección a la que hace frente el hombre en cada momento.

 En una ocasión  me atreví amonestar a Manases:

—Tú has cometido los mismos pecados que Yahvéh!

Y Manasés me respondió:

— ¡Oh ministro inútil! La ciencia inhumana apenas si puede calmar  los sufrimientos que soporto.

¡Un sólo minuto de tregua y de olvido, que me permita huir de esta Tierra inhumana y sin recursos! Tierra prometida a mis ancestros, Tierra de oro y de luz,

Donde los ojos no arden sino con el fuego continuo y solitario de las rocas!

¡Oh mundo inútil! Tierra prometida a mis ancestros,  Tierra de oro y de luz,

Donde los ojos no arden sino con el fuego continuo y solitario de las rocas!   

 Pero el caso es que Manasés continuó por su camino de herejía,  siguió consagrando  sacerdotes de todos los dioses para el pueblo. Y por este  pecado,  Yahvé el Celoso  buscaría la  ocasión para  aniquilar la casa real de Judá de sobre la superficie del mundo.


[1] año 673 AC

[2] Cuando Manasés murió en 642 a. C. los redactores de la Biblia ajustaron cuentas y lo retrataron como el rey más malvado y el padre de todos los apóstatas.

[3] En efecto, la transmutación de valores tiene como fuente, no la reflexión y el análisis, sino la simple afirmación de poderío, que existe por sí.

[4] Isaías. Maher se avergüenza del papel de su padre en toda esta historia y no pronuncia  su nombre, se lo cambia por “Viejo Profeta”.

[5] 1ºLibro de Samuel  cap.24 vers.1-4 La Palabra (Versión Hispanoamérica; BLPH);  Don Quixote, 1606, M. Cervantes, cap. XX

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