LA TUMBA DEL REY: III La prueba del sacrificio

Durante los cuatro años que estuve ausente, el rey Ezequías habia estado muy enfermo, habia ocurrido un gran milagro divino y, además, teníamos por fin un heredero. Todo ello lo supe por mi hermano Searjasub:

            Un año después de marcharse Senaquerib con su ejército a Nínive al rey  le apareció una pequeña marca en la piel a la que no dio importancia. En los meses siguientes la mancha comenzó a crecer. Usó algunos remedios que sus padres habían aplicado en el pasado, pero no mejoró. La mancha siguió extendiéndose hasta convertirse en una herida abierta. Consultados los médicos, indicaron un tratamiento con ciertos ungüentos muy especiales traídos de Egipto y luego de Siria, pero no hubo curación. De noche no podía dormir por esa molestia que cada día se hacía peor. Durante las veladas nocturnas, paseaba por las salas amplias y solitarias del palacio real. Afuera se escucha el ruido que hacían los centinelas al caminar con sus pesadas armaduras. Al comenzar el día lo primero que hacia es mirar cómo estaba la llaga. Esta seguía creciendo. También le sobrevinieron dolores musculares que le impedían caminar por Palacio con  normalidad

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 Una noche le subió la fiebre; tenía temblores de frío. No podía dormir debido a los dolores en los huesos. La herida le dolía mucho, tenía unos trazos, como unas líneas rojizas  que mostraban la extensión de la infección.

Por la mañana  le informaron que nuestro padre,  el profeta Isaías, había venido a verle.

 —Que pase — dice el rey.

Al acercarse, vio que estaba tumbado sobre su amplia cama. Sus ropas son hermosas, de colores atractivos. Pero tal refinamiento apenas encubre a un hombre que está muy enfermo. Observó como habia envejecido, aparentaba un anciano, a pesar de tener solo 42 años Estaba pálido, y demacrado. Había perdido mucho peso. Hephzibah la reina, de pie al lado del lecho real saludó a Isaías con una inclinación de cabeza. A una señal del rey,  todos menos la reina e Isaías se retiraron de la habitación.

— ¿Cuál será la razón de esta visita padre?— le pregunta el rey.

—No sé cómo decírtelo, hijo

 El rey se incorporó entonces en su cama. Sus ojos, hundidos en sus órbitas, se abrieron con inquietud. Los cabellos lucían despeinados, había rehusado la ayuda de sus siervos  para rizar sus cabellos y su barba.

—Dime— Con voz temblorosa le pide una respuesta. Las lágrimas  fluyen a los ojo de Isaías:

—Yahveh dice: “Pon tus asuntos en orden porque vas a morir, no vas a sanar”—El gesto adusto y severo del profeta no basta a disimular su dolor, por lo que sale rápidamente de la habitación.

La reina palideció y se  reclinó en un diván, cubriendo su rostro con las manos. Pero Ezequías, en cambio, se enderezó, reaccionando ante la sorpresa.  Reaccionó como cualquier hombre al que se le dice que tiene sus días contados. A su vez, como rey sin un heredero, sabía que esto casi seguro significa guerra civil, cuando surgieran varios candidatos para sustituirlo.

Entonces Ezequías lloró amargamente, se dio vuelta con la cara hacia la pared y le pidió a Yahveh:

Señor, recuerda que yo siempre te he servido de todo corazón

 y he hecho lo que te agradaba,

 si eres mi pastor,

nada me faltará.

En lugares de verdes pastos me harás descansar;

junto a aguas de reposo.

Restaura mi alma;

guíame por senderos de justicia

por amor de tu nombre.

Pero si me haces pasar por el valle de sombra de muerte,

no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo;

tu vara y tu cayado me infunden aliento.

Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos;

has ungido mi cabeza con aceite;

mi copa está rebosando.

Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán en la vida y en la muerte,

y en tu casa, Señor, moraré por este día, si es el último.

 Ezequías es un rey, pero también un ser humano como cualquier otro. Ante la perspectiva de la muerte no hay diferencias. Todos reaccionamos de una manera muy similar. Esa sensación de pérdida. Ese percibir de ir a lo desconocido persiste aún para el creyente. El dolor en el corazón del rey era intenso, la súplica vehemente.

Entonces Isaías volvió a entrar a la habitación, habia estado en el atrio unos diez minutos.  La cara del rey desfigurada por el dolor y la tristeza hizo una mueca. La reina tiene sus ojos enrojecidos e hinchados de tanto llorar al escuchar la oración de Ezequías, ha permanecido en silencio, pero ahora habla a Isaías amargamente:

 —Y ahora ¿qué? ¿Qué más tienes que decirnos  portador de malas noticias? Ahora se siente muy mal. Le duele todo el cuerpo.

Una sonrisa se dibujó en los labios de nuestro padre, sin escuchar a la mujer, diciendo con un entusiasmo retenido:

—Así ha dicho Jehovah, Dios de tu padre: “He oído tu oración y he visto tus lágrimas.  Te sanaré en tres días y subirás al Templo. Y añadiré quince años a tu vida.  Te defenderé  a ti y al hijo que tendrás de mano del rey de Asiría. Esta Ciudad y tu Reino seguirá siendo libre por amor a mí mismo y por amor a mi siervo Isaías”.

La mirada del rey se encendió el fulgor de la esperanza. ¿Era una broma de mal gusto? ¿Dios habia cambiado de opinión tan súbitamente? Quisiera creerlo, y sin embargo ¡cuánto le cuesta!  súbitamente.  dirige sus ojos al cielo en una  alabanza.

—Ves, hijo mío— le dice Isaías para despejar sus dudas- Qué precioso es para nosotros saber que en situaciones límites estamos invitados a buscar al Señor en oración sabiendo que Él nos escucha y ve.

Ezequías observa su herida horrible cubierta de vendajes. La llaga abierta le duele intensamente. Duda.

Isaías entonces con voz autoritaria ordenó a los siervos que pusieran  pasta de higo sobre la llaga, pues esta pasta es el bálsamo de Galaad. El rey experimentaba  sensación de frío. El dolor no se iba, ni la inflamación.

Los siervos murmuraban entre sí:

— ¿Te parece que esa “pasta” va a servir para algo?

—Habiendo probado con higos de Egipto y de Siria, no han logrado ninguna mejoría. También experimentaron con pastas de manzanas y compuestos de todo tipo sin resultado alguno

Ezequías mira una vez más a la herida ahora cubierta con la pasta. Le sigue doliendo igual que antes. Todo su cuerpo se siente molesto.

—Isaías, padre ¿Cuál será la señal de que Jehovah me sanará y de que subiré al Templo al tercer día?

 Isaías le contestó:

—Tendrás esta convincente señal del Señor de que efectivamente el Señor lo hará: ¿Quieres que la sombra  de la escalinata del Templo se adelante diez escalones o que los retroceda?

3.1 (2)

¿Qué pregunta tan extraña? Pensó Ezequías. Él conocía perfectamente cada peldaño de la escalinata, que  había pisado miles de veces. Su padre, el rey Acaz la habia construido para que sirviera  de horario,  imitando al gran reloj de sol que había en Babilonia. La sombra, en vez de proyectarse en el suelo, lo hacía sobre la escalera de piedra. Tal como aquella gradería estaba ubicada respecto al desplazamiento del sol en el firmamento, al avanzar el día la sombra iba “ascendiendo escalones”. Se utilizaba la sombra proyectada por la luz del sol en los peldaños para establecer las horas.

—Es algo sencillo que la sombra se adelante diez escalones, siempre es así, el tiempo va hacia adelante, por ello es imposible que la sombra  retroceda.                                                      Entonces Isaías oró al Señor.

Cuando nuestro padre terminó la oración los ojos del rey se abrieron con asombro. Vio con admiración desde la ventana de su dormitorio como la sombra retrocedía un nivel. O sea, esa sombra que iba subiendo ahora estaba “bajando”; segundos después bajaba otro escalón. Y así uno a uno, como los golpes de orquesta en un gran final sinfónico, la sombra “descendió” los diez escalones.

—Fue maravilloso Maher-concluía el relato mi hermano Searjasub—.La mano de Dios mediante nuestro padre. Ezequías sanó como puedes comprobar. No tengo palabras para expresarlo. El lenguaje no puede expresar la gratitud que tiene mi corazón por haber sido testigo de todo esto.[1]

Y tal como se le dijo, Ezequías también procreó un hijo, al que llamó Manasés, que llegó a ser el gran amigo de mi vida, aunque yo fuera unos 20 años mayor.

Básicamente Ezequías, en vez de gobernar en asuntos prácticos,  pasaba su tiempo  componiendo largos poemas de alabanza a dios, caracterizados por una métrica  fundada en el paralelismo semántico, repetir la misma idea dos veces por lo menos con distintas palabras:

“El malvado cree que Dios se olvida,

 que se tapa la cara y nunca ve nada

3.2

Los titulaba los “Salmos de David”,  diariamente, después de medianoche, cantaba y oraba con estos Salmos al Creador.  Porque este fue el deseo de Ezequías, vivir eternamente en este mundo y en el mundo de las almas cercanas al Creador, para que sus labios continúen las alabanzas en la vida eterna:

“Habitaré en tu tabernáculo para siempre,

 encontraré refugio en el escondite de tus alas”.

“David” era su alter ego y su pseudónimo para que no se supiera que era el propio rey el escritor de aquellos cándidos poemas.  En aquellos versos renunciaba a completar los nexos entre las ideas​ para que las palabras sueltas encontraran en el oyente lo que el poeta no consignó en el texto:

Una cosa he pedido a Jehovah;

ésta buscaré: que more yo

en la casa de Jehovah todos los días de mi vida,

 para contemplar la hermosura de Jehovah,

 y para inquirir en su templo.

No sabemos porque escogió el nombre de “David”, pues todo lo que las leyendas cuentan de él, no parece muy atrayente. Hace muchos siglos vivió un tal David, provenía de una familia acomodada, vasallo  de Aquis, el rey filisteo de Gat, que fue ambicioso y despiadado, y un tirano que asesinó a sus oponentes, incluyendo a sus propios hijos;  luego, como  líder carismático de una banda de forajidos, capturó  Jerusalén y la hizo su capital.

Cuando Manasés tenía unos 12 años[2], mi padre fue a ver al rey y le comunico solemnente:

 —Sí, Dios es justo,  y su justicia es para siempre. Y Dios hizo una creación limpia y justa, para un hombre que era espíritu y era bueno, pero el hombre escogió vivir en las condiciones que vemos en la actualidad, tiene que ver Dios que algunos  nacen en cunas de oro y otros en la miseria, y ¿Qué culpa tiene Dios de enfermedades, dolor, aflicción, y la muerte? Él ha mandado y nosotros debemos obedecer: Por todo ello, toma a tu hijo Manasés, a tu hijo único a quien amas tanto, y haz un viaje por la tierra de Samaria, y allí ofrécelo como ofrenda quemada en la cima de   Har ha’Karmel, es la única manera de salvarnos de Asiria. Y en pago por tu rescate.

    El piadoso Ezequías hacia todo lo que le decía mi padre, el profeta Isaías. Tal era su temor hacia sus oráculos y sabía que sus maldiciones venían  directamente de Dios, la situación del reino era muy frágil, los asirios volvían cada año y cada vez aumentaban más el precio de vasallaje.

Ezequías recorrió sus resecos labios con la punta de la lengua con la secreta esperanza de encontrar algún resabio de… algo que ni siquiera recordaba pero que instintivamente le hacía salivar, como si fuera un manjar tanto tiempo deseado. Su estómago gruñó como uno de aquellos mastines que supo tener cuando… ya ni siquiera podía recordarlo. Tanto era su apetito que borraba de su memoria recuerdos que tendrían que resultar imborrables, por lo menos para alguien de su especie, una especie destinada a… tampoco recordaba eso.

Dios le daba un mandato terrible, ¿Tenía elección? La elección es fundamental en la existencia humana y es ineludible; incluso la negativa a elegir implica ya una elección. La libertad de elección conlleva compromiso y responsabilidad. Los reyes son libres de escoger su propio camino, pero tienen que aceptar el riesgo y la responsabilidad de seguir su compromiso dondequiera que éste les lleve. A su hijo no le dijo nada de lo que Dios había dictaminado y yo tampoco lo supe en aquel momento.

 Esa noche no pudo tener coito con Agar, su amante principal en aquel momento, pues tenía flujo de sangre,  y debía continuar siete días en su impureza menstrual, y cualquiera que la tocara sería inmundo hasta el atardecer.

 Ezequías se levantó muy de mañana y mandó aparejar los asnos a los criados y partimos  para el sacrificio ritual.  Al rey y su hijo Manasés solo les acompañábamos Isaías, mi padre, mi hermano  Shear-jashub y yo. El piadoso Shear-jashub estaba muy orgulloso de la misión divina, toda su vida había actuado conforme a su destino, indicado por su nombre profético “Un Simple Resto  Volverá”. Mi padre le había desvelado que se le había dado ese nombre porque el reino de Judá sería destruido y solo un resto regresaría después de un tiempo en el exilio.

Emprendimos hacia el norte el viaje al lugar que había designado el Dios. Ezequías se veía como el último hombre, un poco al estilo de los reyezuelos cananeos, cantores que nos precedían entonaban:

¡Oh Yahvé!, tú que hiciste a estos hombres sanamente

¡pobres muertos!, en el verano, en la hierba, en tu alegría,
Mientras los escupitajos rojos de la metralla
silban todos el día en el infinito del cielo azul;
mientras escarlatas o verdes, junto al rey burlón
se desploman en masa los batallones bajo el fuego
mientras una espantosa locura machaca
y hace de cien millares de hombres una pila humeante

Partimos desde Jerusalén hacia el norte. Traspasar la frontera y pasar al desaparecido reino de Israel  no supuso ningún problema. Ahora pertenecía directamente al Imperio Asirio que había aniquilado o deportado a las Diez Tribus y repoblado con nueva gente extraña del bajo Éufrates. Sin embargo algunos judíos  que fueron fieles al Imperio habían podido conservar su status, sus tierras, sus riquezas.

 Al llegar a Siquem, paramos para dormir esa noche bajo la hospitalidad de Mamré, amigo de Ezequías y el gobernador de la ciudad, ya que a los asirios les interesaba dar cierta autonomía a los autóctonos.

Sin embargo, cuando llegamos, Mamré tenía trabajo, pues tenía que emitir un juicio en el caso de un hombre   que acusaba de hechos escandalosos a la mujer con la que acababa de casarse, y le  acarreaba mala fama.

 Él decía:

 —Esta es la mujer que he tomado, y procedí a acercarme a ella, y no hallé en ella prueba de virginidad.

  El padre de la muchacha y su madre  llevaron y presentaron la prueba de la virginidad de la muchacha a los ancianos de la ciudad, a la puerta de esta;  el padre  dijo a Mamré y a los ancianos:

—Yo di mi hija a este hombre por esposa, y él le cobró odio.  Y sucede que la está acusando de hechos escandalosos, diciendo: “He hallado que tu hija no tiene prueba de virginidad”. Ahora bien, esta es la prueba de la virginidad de mi hija’.  Dijo y extendió el manto delante de los ancianos de la ciudad.

Así, la cuestión que tenía que juzgar Mamré y sus jueces era quien tenía razón. Si  era que el esposo le había cobrado odio a ella, los ancianos de la ciudad tenían que tomar al hombre y disciplinarlo:   multarlo con cien siclos de plata y darlos al padre de la muchacha, porque él acarreó mala fama a una virgen de Siquem; y ella continuaría siendo esposa suya. A este no se le permitiría divorciarse de ella en todos sus días.  Ahora bien si Mamré dilucidaba que no era verdad, que la prueba de virginidad en la muchacha era falsa,  entonces ellos  sacarían a la muchacha a la entrada de la casa de su padre, y los hombres de su ciudad la lapidarían, y ella tendría que morir, porque había cometido una locura deshonrosa en Siquem, al haber cometido prostitución en la casa de su padre. Así se eliminaba de en medio del pueblo lo que es malo: hay un dios que se ríe de las telas adamascadas de los altares, del incienso, de los grandes cálices de oro; un dios que con el balanceo de los hosannas se duerme……….

Al día siguiente partimos sin parar en la capital Samaria, ahora poblada por gentes traídas del sur de Mesopotamia, pues la misión corría prisa.

 Al atardecer Ezequías alzó los ojos y empezamos a ver el lugar, Har ha’Karmel, desde lejos.  Cuando llegamos al pie  de la montaña ya anochecía y el aire húmedo y salino procedente del Gran Mar, nos calaba hasta los tuétanos, casi podíamos oír el murmullo de las olas mientras descargábamos los bártulos de los asnos.

3.1 (3)Monte Carmelo en la actualidad

Sin embargo Ezequías y su hijo no iban a acampar con nosotros. Escuché como mi padre le decía:

—Debes subir tú solo con el muchacho, nosotros nos quedamos al pie de la montaña, ante este paisaje donde la naturaleza es tuya, ante el fuego del primer fuego, buena razón te guíe majestad, ejecuta el sacrificio de adoración a Yahvé y vuelve pronto.

Y así vimos subir vimos partir al rey y su hijo.

 Lo que  sucedió en la cima del Har ha’Karmel, me lo reveló muchos años después el mismo Manasés, este fue el relato que me hizo:

Al llegar arriba, Ezequías  mi padre, hizo un altar con piedras,  y puso encima  la leña para el sacrificio. Extrañado le pregunte:

—Padre, Aquí están el altar y la leña, ¿pero dónde está el cordero para sacrificar?                           Él dijo:

—Hijo mío, Dios se proveerá la oveja para su ofrenda quemada, hijo mío—. Y ambos terminamos el altar.

Tras una nueva inspección a su vestimenta -por cierto bastante pasada de moda- mi padre sacudió unas imaginarias motas de polvo de las hombreras de la chaqueta antes de enfilar hacia lo que parecía la puerta de lo que había constituido su refugio durante… no podía recordarlo.

—Hijo, confía en mí, déjame hacer—, me dijo, y me ató de manos y pies, y me colocó sobre el altar, encima de la leña!.

Entonces mi padre extendió la mano y tomó el cuchillo de degüello para matar a su hijo mientras le escuchaba recitar:

Hijo mío, flor peregrina que perfuma mi vida
Eres la flor que sentí cuando eras niño,

tus ojos azules se injertaron en mi alma.

 Te clavaré este cuchillo. Mañana solo quedará
la muerte como solo un sueño sereno,

 escogeré tu juvenil paisaje
que he de pintar aún,…
un lago, entre el cielo de porcelana,
media luna perdida en blanca nube,
tu rostro triste asoma en remota lontananza;
mas pronto al cielo despejado subes,
y a tu puro fulgor serena  me miraras.

Una mueca de disgusto se dibujó en su rostro, realmente ya era algo que le tenía sin cuidado. Mortalidad, inmortalidad, vida, juventud, pasión, ya todo le resultaba igual, en esos momentos lo único que le interesaba era obedecer el mandato; mandato que crecía a cada instante.

A medida que se internaba en los oscuros pensamientos, el fresco aire de la noche pareció revitalizarlo y su mano se fue haciendo más firmes a medida que subía el cuchillo.

Avanza con dulzura lenta,
con ternura de ritmos vagos:
como ha vivido de tu espera,
mi corazón marcha en tus pasos

Entregado a un gran río, mi bogar incesante
Me arranca con dolor del entorno risueño:
Alma de manos graves, colmadas por los remos,
Debe el cielo ceder al son de lentas láminas

 Yo en mi aturdimiento estaba como hipnotizado y paralizado. Entonces, y aunque yo no oí nada,  parece ser que el ángel de Yahvé se puso a llamarlo desde los cielos:

— ¡Ezequías, Ezequías!

 Sacudiendo la cabeza como si intentara despejarla, mi padre continuó haciendo el recorrido del cuchillo, alzando el brazo, aunque ahora prestando mucha más atención a todo lo que sucedía a su alrededor. La montaña no le resultaba totalmente desconocida, pero había perdido la cuenta cuando había estado.

A lo cual él contestó:

— ¡Aquí estoy!

El ángel del Dios pasó a decir:

—No sacrifiques al muchacho y no le hagas nada, porque ahora el Dios sabe que de veras que le amas con toda tu alma…. Sin embargo, el Dios del Cielo aún requiere una ofrenda viva para que demuestres tu temor ante él…

Mi padre giró la cabeza, y allí, a poca distancia enfrente de él, estaba el pollino que habíamos subido con la leña.

Entonces mi padre me desató del todo y me ayudó a bajar del altar de sacrificio. Los músculos de mis piernas, aunque ajados por el paso inclemente del tiempo comenzaron a recuperar la elasticidad y mis pasos se volvieron metódicos a medida que devoraban una distancia que no tenía realmente importancia, por lo menos en la medida en que le interesaba al resto de los mortales.

3.1      escalera de dios

Y me dijo sacándome la venda de los ojos:

—Que se vuelva a abrir de nuevo la puerta de tu vida, Manases, Dios es misericordioso.

Los sonidos de la vida nocturna aguzaron sus sentidos y sus labios volvieron a sonreírle a esa nueva vida que acababa de comenzar.

Ezequías mi padre se dirigió al árbol, tomó el borriquillo y lo ofrecimos como sacrificio en lugar de mi vida, le atamos todas las patas para que no se moviera, también le vendamos los ojos, y mi padre, con un rápido y certero movimiento, le introdujo todo el largo cuchillo por la yugular:

— ¡Toma tu ofrenda Yahvé!-gritaba enloquecido y desquiciado mi padre clavando una y otra vez el puñal en el cuello del desdichado animal- ¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre Santa!

Cuando hubo acabado aquella carnicería con el pobre animal, y mi padre se calmó un poco,  me dijo que llamaríamos aquel lugar por nombre “Viñedos de Dios”. Por eso se acostumbra decir hoy: “En la montaña de Jehová se proveerá, ¡Condición de vivir afortunada! Llévese el tiempo lágrimas y angustias; más del pobre borrico nadie se apiada”.

Después bajamos silenciosos, y el resto ya lo sabes Maher.

¿Cómo habíamos llegado a esa locura? Creo que todo era culpa del profeta Isaías, era un loco fanático manipulador, aunque fuera tu padre ya lo sabes Maher y por eso lo tuve que aserrar, ¿lo sabes verdad Maher?-No pude contestar a Manasés en ese momento.

No le respondí, un apetito insano se apoderó de mí, desaforado, hasta pantagruélico, pero apetito al fin. Como si hubiera vendedores de baratijas a nuestro alrededor, un sinfín de sonidos que abriéndose paso en mi mente me llevaron a otras épocas, a otros sitios, a otras… ¿vidas?

 Estamos ante este paisaje montañoso. Como niños ante el fuego, sonriendo vagamente con lágrimas en los ojos. Ante este paisaje en que todo me emociona, donde espejos se empañan donde espejos se limpian. Reflejando dos cuerpos estación a estación, Tengo tantas razones para perderme, en esta tierra sin caminos bajo este cielo sin horizonte.

Así terminó el relato que Manases me hizo de aquel hecho sobrenatural, que después mi padre escribió, aunque haciendo algunas modificaciones, porque él había visto con sus propios ojos proféticos lo que había sucedido.

Al llegar junto a nosotros, Isaías le dijo al rey:

—Por motivo de que has hecho esta cosa y no has retenido a tu hijo, tú primogénito, Dios de seguro te bendecirá y de seguro multiplicará tu descendencia como las estrellas de los cielos y como los granos de arena que hay en la orilla del mar; y tu descendencia tomará posesión de la puerta de sus enemigos.  Y mediante tu descendencia ciertamente se bendecirán todas las naciones de la tierra debido a que has escuchado mi voz.

Un sonido espeluznante: el ángel de Yahvé   llamando a Ezequías por segunda vez desde los cielos. No sabemos lo que le dijo, pues solo el escuchaba la voz del cielo.

Pero lo que si le oímos gritar de repente:

—¡Elude el porvenir, Imagen perseguida! De vosotros he muerto, deshazte, disípate no aceptes ser desatada, denuncia ese deseo que yo nunca elegí. No completes mi día, alma de mi locura, abandona el destino que no llegué a cumplir.

Vimos como desaparecía la habitual serenidad de Ezequías, como si pronto se encontrara frente a un perro de raza desconocida pero con una amenazante sonrisa llena de afilados colmillos que le gruñía de una manera inconfundible.  Rió por lo bajo, un sonido sordo punteado con una aguda tos repentina.                                                         También vi en los ojos de Manasés  el miedo que le marcaría la vida y explicaría quizás su obsesión por sacrificar a personas jóvenes. Años más tarde Manasés, ya rey, erigió altares a Baal e hizo un poste sagrado, tal como había hecho Acab el rey de Israel; y se puso a inclinarse ante todo el ejército de los cielos y a servirles. Y edificó altares en el Templo de Salomón, respecto al cual Jehová había dicho: “En él pondré mi nombre eternamente”. Y pasó a edificar altares a todo el ejército de los cielos en dos patios de la casa de Jehová.  E hizo pasar a su propio hijo por el fuego, y practicó la magia y buscó agüeros e hizo médium espiritistas y pronosticadores profesionales de sucesos. Hizo en gran escala lo que era malo a los ojos de Jehová, para ofenderlo.

Respecto a Ezequías, después de este acontecimiento renunció a esa aristocracia intelectual cuya nobleza contiene tantos rasgos de decadencia. Hubo una época en que creía que la vida se podía entender. Buscó en fuentes de cristal y en glaciares del monte Hermón. Paseo por bosques y levantó las piedras buscando debajo de ellas, sólo encontró tierra. Se habia bañado en el océano para que le hablaran las sirenas. Habia observado como caminan las personas y como vuelan los pájaros y, nada. Continuó la cruzada contra la ignorancia “preguntando” a Yahvéh, pero solo le repetía una y otra  que solo su religión, la suya, era la verdadera.

 Al igual que Salomón muchos siglos antes, Ezequías había escuchado a los árboles susurrar, que  al mover sus ramas producían palabras verdes con olor a madera. Creía que así la vida se podía entender, pero solo entendió que se le pasaba la vida. En el instante en que fue consciente de que moriría, comprendió que no importaban los motivos ni los porqués, ni las respuestas ni el sentido de la vida. Comprendió que el saber es una adicción, no se conforma con aprender; quiere poseer la memoria, la historia y el destino. El hambre de saber te vuelve ansioso. No te sacias con libros, no te calmas con música, el arte te inquieta.

Cuando escribes nada es importante, ni vital, ni urgente. El tiempo no pasa, la sangre no se derrama y no hay ruido. Cuando escribes, tu personalidad queda atrapada en el texto como una mosca en una tela de araña. Cuando escribes; la vida se alarga, la muerte se pausa y el amor campa a sus anchas.

Cuando escribes; olvidas y recuerdas.

Las últimas reflexiones que Ezequías escribió parecían convencerlo  de que la abundancia de la vida se manifiesta en una selección y un orden preciso, riguroso:

Duro, lejos los ojos de las gracias que bato,
Dejando en torno a mí crecer círculos de onda,
Quiero con largos golpes romper el mundo ilustre
De follaje y de fuego que celebro en voz baja.
Árboles que atravieso, ancho reflejo ingenuo,
Agua pintada de hojas, y paz de lo cumplido,
Barca mía, desgárralos, somételos a un pliegue
Que del sosiego corra a abolir la memoria.

Nunca, encantos del día, nunca sufristeis tanto
Por causa de un rebelde que intenta defenderse:
Pero, como los soles me quitaron la infancia,
Navego hacia la fuente donde hasta un nombre cesa.

 

 Pero Dios es un rey de propósitos inteligentes. Estamos viviendo en un universo que se está moviendo hacia el futuro sin rumbo fijo y sin un propósito. Pero Dios si  tiene un propósito para cada átomo que ha creado y en su plan y programa, tiene un propósito para todos, estimado oyente. El mismo hecho de que tú y yo estemos hoy con vida, revela que hemos de llevar a cabo un propósito para Dios.

NOTAS

[1]  No creo que se debió a una detención de la rotación del planeta Tierra, seguido de una rotación en sentido contrario. Tal cosa hubiera provocado una catástrofe inimaginable. Parecería que el fenómeno fue algo local en Jerusalen. Quizás Ezequías vio un efecto de tipo “refracción de la luz” debido a una nube con ciertas características especiales. Por ejemplo cuando colocamos un lápiz en un vaso con agua parece que está quebrado y esto es debido a la refracción de la luz. La Luna y el Sol en el horizonte parecen mucho más grandes que cuando están en sus puntos más altos en el firmamento. Alguien ha notado que en los milagros Dios siempre utiliza “conservación de energía”. Es decir, no hay desperdicio.. H.l. Rossier dice  “Este milagro tiene un significado profundo. Expresa que Dios puede y estará dispuesto a cambiar el orden de la Naturaleza y sus leyes que hace que el pecador esté sujeto a la muerte para que él pueda obtener la salvación de sus amados. La muerte no tiene más su curso fatal.”

[2] Año 690  AC aproximadamente.

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