LA TUMBA DEL REY : II El buen rey Ezequías (2ª parte)

        Pero en vez de ir a Nínive, Maher decidió irse lo más lejos posible, a un lugar donde  no pudieran encontrarlo.   Llegó al puerto de Jope y encontró una galera cretense  que estaba a punto de salir hacia Carthago.  Pagó su pasaje y se embarcó, contento de irse lo más lejos posible. [1]

1.2 (2)Viaje de Maher

Hicieron escala en Cnosos, pero al segundo día de zarpar, en las inmediaciones de Karpathos, toparon con repentinas tormentas y fuertes vientos del noroeste provocaron  olas de más ocho codos que hizo pedazos el navío contra acantilados y formaciones rocosas en aguas superficiales. Posiblemente todos los tripulantes perecieron.  Sin embargo Maher no se ahogó. Durante su caída en las aguas del mar,  sintió que se moría. Cuando volvió en sí pensó que estaba soñando. Se hallaba en el patio semicircular de lo que parecía un gran palacio. La pared redonda estaba adornada desde un extremo al otro con un magnífico bajorrelieve de marfil semejante a un claustro de dientes. El centro del atrio estaba tapizado con una alfombra roja como una lengua, que lo atravesaba en toda su extensión para, luego, descender en pequeñas gradas que bajaban, en una larga escalinata, hasta el fondo. El ambiente estaba iluminado con una luz intensa, que descendía desde lo alto de la escalinata. Maher recorrió la alfombra,  bajó por los peldaños de la escalinata hasta llegar a una galería horizontal, en la que dos grandes ventanas de vidrio redondas y convexas se abrían como un par de ojos. Se acercó a una de las ventanas para mirar hacia fuera. Ante él apareció el misterio de los abismos marinos. Algas altas como árboles plegaban sus ramas sobre peñascos centelleantes y sobre arbustos de coral. Peces de todos los tamaños, formas y colores iban y venían persiguiéndose unos a otros. Ostras refulgentes abrían sus conchas, dejando al descubierto perlas blancas, rosadas, grises y negras, gruesas como huevos de paloma. Cada objeto aparecía y desaparecía en un abrir y cerrar de ojos, transformando completamente el paisaje. Dedujo que el palacio navegaba bajo el agua a gran velocidad. Sin apenas voz, preguntó:

— ¿Dónde estoy?

—Dentro de mí, -le respondió una voz—. Estás apoyado en la órbita de mi ojo derecho.

— ¿Y tú quién eres?

—Yo soy una ballena, anciana y enferma, que respira con dificultad. Cada vez que abro la boca, una multitud de peces y pececillos entran y salen de mí  en tropel.

Cuando se calmó la tormenta, la ballena  mostró a Maher sitios que nunca antes había visitado hombre alguno. Le mostró la desembocadura de un río inmenso, cuyas aguas generan el océano, le hizo contemplar los remolinos donde se forman los flujos y hondas marinas, los pilares que sostienen los continentes, el fuego que arde en los cráteres de los volcanes submarinos y otras mil maravillas escondidas en el fondo del mar.  Durante cinco días y cinco noches estuvo  en el vientre del pez.  Los dos ojos de la gran ballena eran para él como dos ventanales, que le permitían ver lo que había en las profundidades del mar. Y una perla, suspendida en el vientre del pez, le iluminaba como el sol de mediodía Maher estaba extasiado no se saciaba nunca de contemplar tantos prodigios secretos. Llegó a olvidarse de todo lo que existía fuera del mar y ni siquiera se preguntaba cómo y ante quiénes cumplirían su misión de profeta en un lugar tan alejado de los hombres.

1.2JONAS

         Pero a la mañana del sexto día la ballena se encogió en sí misma y se sacudió con un estornudo tal que lanzó a Maher fuera de su boca y fuera del mar, depositándolo en una playa inmensa de fina arena, tras las Columnas de Hércules.

Abrió los ojos tan abruptamente como pudo jadeando, la luz  lo cegó, nunca antes le había parecido tan intensa; los oídos le zumbaban, la cabeza le daba vueltas, una arcada le sobrevino intempestivamente, luego de vomitar, se incorporó, tenía los párpados hundidos y el rostro demacrado, tardó varios minutos en recuperarse.

Caminó varias horas hasta que llegó a una ciudad, mendigó varios días intentando hacerse entender en un idioma extraño,  aunque Maher era rápido en aprender. Por fin día fue conducido ante la presencia del  Nomarca de Onubaal, que era la ciudad donde había aprendido  que se hallaba.

—¿Cómo te llamas?— preguntó aquél jefe en idioma fenicio, pero con fuerte acento autóctono-

-—Soy Maher-has- baaz, hijo de Isaías, el profeta de Jerusalen- informó también en idioma fenicio.

—Jerusalén!- exclamó como si el nombre le fuese conocido y temido…—. Se dirigió a los cuatro o cinco ancianos que le asistían en la jerga nativa; Maher solo pudo entender dos palabras, “Habirú” y “Salomón”.

—Disculpa señor, ¿Cuál es tu nombre?

—Mi nombre es Aanguita de Onubaal, servidor de nuestro rey, Habidis, el Señor de las Abejas.

—Gracias señor por dejarme vivir en estas tierras. Discúlpame, antes has mencionado a Salomón, nuestro antiguo rey, el más grande que hay habido en Israel.

—¿Por qué  los habirú no habéis vuelto a nuestras tierras desde hace más cien años?

Maher se sobresaltó, no conocía que su pueblo hubiese llegado tan lejos.

— ¿No sabes que vuestro rey Salomón tenía una flota de naves en el mar junto con la flota de naves de Hiram, y estas naves hacían viajes cada tres años a Tarsis, esta tierra que te hayas, e importabais oro plata, marfil, monos, pavos reales…..? Después ya solo  vinieron los fenicios, y poco a poco se hicieron los amos de todo.

Los tartessios eran muy diferentes a los hebreos o los semitas en general. Era una raza de gran vigor, de talante altanero, y de una habilidad eficiente, imbuidos todos de una inquietud constante por el comercio. Y surcaban con sus pataches, aventurándose a largas distancias, una mar agitada por las olas y el abismo del Gran Océano, preñado de monstruos.

Durante todo el tiempo que Maher estuvo en Tartessos recorría con Aanguita, que era intendente del rey Habidis,  las ciudades,  registrando la plata y estaño que se extraía en las minas,  y que el comercio con los fenicios y griegos fuese legal y equitativo. Iban a la rica Cástulo, la lejana Aliseda o la bella Setefilla. Luego  regresaban a las ciudades fenicias de Malakae, Sexi o la urbe Gades donde compraban urnas de alabastro egipcias, jarros cincelados, páteras griegas, adornos de marfil… y, en fin,  tejidos, joyas, perfumes, vajillas chipriotas, huevos de avestruz, y mil cosas más que traían los fenicios. Inudaron Tartessos de todos los lujos del mundo.

Maher aprendió sus costumbres dulces y cultivadas, un pueblo tan erudito como los egipcios, con escritos de pretérita memoria, poemas y escritos en versos de 6000 años de antigüedad… Su gramática se trataba de un sistema intermedio entre la escritura alfabética y la silábica. Con dos sistemas distintos, aunque muy parecidos, el levantino y el meridional.

1.2 tablilla

En otoño la ciudad  de  Onubaal comenzaba a bullir de movimiento frenético y Maher sabía que se preparaban las fiestas patronales de la ciudad, allí llamadas “Cena de la Luna de Diciembre”,  era el evento más importante, marcaba el fin del año.

Acudía el mismísimo rey Habidis a Onuba, la máxima autoridad de la Monarquía Tartésica, donde la mayoría de la población trabajaba en las  minas, la ganadería o el campo. Las élites no tenían poder sobre estas gentes, pero sí sobre su trabajo. Las clases superiores se asentaban en un poder militar. La sociedad estaba dividida en varias clases sociales: príncipes, sacerdotes, comerciantes, hombres libres, campesinos, artesanos,  y esclavos.

Aanguita le ofrecía a su rey el consiguiente ofrecimiento ritual:

—¡Loado sea nuestro dios Melkart! ¡No encontrarás hembras más dispuestas a ti, ni hombres más entregados ni complacientes, de los que pondremos esta noche a tus pies!

—¡Hoy todo es permitido! —gritó  la multitud reunida

Habidis, como representante de Melkart, otorgó la gracia como estaba escrita en las viejas ordenanzas y bajo los protocolos más suntuosos:

—En este mundo que nos hace vivir en una jaula, aun sabiendo que la puerta está abierta… todos tenemos hambre de ternura. Somos tan pobres en conmiseración,  afecto y piedad. Pero ahora somos el pueblo por Melkart, el dios  que nos vino de Oriente, que robó a Gerión, mi padre,  el rebaño que tenía de vacas rojas y bueyes. Gerión fue en busca de venganza y luchó contra Melkart, pero este le lanzó una flecha, envenenada con el veneno de la Hidra, que atravesó sus tres cuerpos y acabó con él.

Esa noche desfilaron sumisos y sumisas por doquier, amos y dominados.

Era un deleite para los sentidos, un ensamble meticulosamente diseñado para provocar; en una zona,  casi aisladas de todo aquel aquelarre estaban ellas: Las bailarinas de Gades, mujeres traídas por los fenicios de todas partes del mundo. Temblorosas, excitadas sí, pero temerosas de ser usadas. Muñecas de piel canela y cabello largo, ojos grandes color avellana, caderas amplias que  dibujaban una muy sensual figura; sostenían una bandeja plateada grande, con copas de vino espumoso, blanco y tinto. Cada  vez que pasaba un hombre o mujer y cogía una copa, las manoseaban a placer, ellas se  sonrojaban y agachaban la cabeza, las piernas les temblaban y los pezones se endurecían, la humedad brotaba y ellas simplemente agradecidas por el hecho de ser usadas.

 El hebreo entró en el gran jardín central de la ciudad que estaba vastamente decorado con motivos festivos : luces de colores y un nacimiento, todo un poco retorcido.  Y allí se topó con la más hermosa criatura que la vida le hubiese podido poner en frente.  Maher, siendo apenas un joven libertino en ciernes, comenzó su andar por el mundo del placer inmoral, deambulando de fiesta en fiesta sátira donde gustaba  coincidir con extrañas y desconocidas a la vez, puliendo con ellas, en ellas, en su piel; y cuanto ritual lascivo podía gestarse en la mente de los habitantes de la Ciudad de los Palacios y él había sido invitado ni más ni menos que por una de sus anfitriones.

Y Maher cantaba con su protector Aanguita:

“Las noches y los cielos

que me cubran las espaldas

con tú suave y fino pelo.

Porque quiero que te quites

las sombras, y los velos

de los sueños que tuviste

sin pudor y sin consuelo

que te tapan con desvelo

Y entrégame las llaves

del placer y de los miedos.

Todo cuanto anhelo

para poder conseguirlo

con mi amor y sin recelo.”

Tartessos, como recordaría Maher durante toda su vida, era el paraíso en la tierra. Tenía todo lo que el ser humano busca desde la noche de los tiempos: la felicidad que, con menor o mayor acierto, se ha identificado con riqueza y longevidad. La riqueza mineral y ganadera, la fertilidad de las tierras…hechos que es difícil que se den todos a un tiempo y en un mismo espacio geográfico, se conjugaban en Tartessos para proporcionar a sus gentes en general y sus reyes en particular, esa felicidad tan ansiada y que provoca el bienestar necesario para una larga vida.

Después de todo, qué más da, el tiempo pasa, me quedaré solo buscando un pasado que no volverá, y trataré de vivir a pesar de todo, y el tiempo pasará, y seguirá pasando, y tú no vendrás. Pero mi alma, eternamente, seguirá esperando el reino que un día dejé marchar.

Porque llego el día en que Aanguita decidió que Maher debía volver a su mundo, en busca de su destino. Lo llevó a Gadir, donde esperó el barco  mercante que viajaba a Tiro. Zarpó y cruzó todo el Mar Grande de vuelta, esta vez con una travesía placida, arribó a las costas fenicias y se desplazó a su tierra, a Israel, donde fue recibido en su casa, asombrándose los suyos  que estuviese vivo; habían pasado cuatro años.

1.2Hanging_Gardens_of_Babylon

 

 

NOTA

[1] Maher duda del fanatismo Yahvista de su padre,   se fuga de la comitiva que iba a ir a Asiria y huye en dirección contraria. En Jope se embarca en un navío hacia Syracuse o Carthago. A medio viaje cae del barco durante una tempestad y una ballena se lo traga, después de cinco días y cinco noches en su vientre, la ballena lo vomita en las playas de Onova, (actual Huelva) que pertenecía al reino de Tartessos donde permanece unos cuatros años bajo la protección del  rey Habidis. Después regresa a Oriente Medio. Sin embargo eminentes estudiosos  como Noah Kramer, E Chiera, Lara Peinado, Lorenza Pellegrini etc…consideran esta parte apócrifa puesto que no se haya en, por ejemplo,  textos tan importantes como el Masorético del códice Leningrado B19ª o el Papiro Chester Beatty. Aún así, parece evidente que, posteriormente, el relato fue plagiado  para incorporarlo a la Biblia canónica escrita en siglo III AC,  denominando a su protagonista como “Jonás “en vez de Maher. Pero independientemente de lo grandioso y milagroso que los acontecimientos hayan sido, la narración  debe verse como histórica.

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