EL VALOR DE LOS RESTOS DEL PASADO

 

 

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El amor por el pasado se lleva dentro y es algo que distingue. La sensibilidad perdura, esa emoción al contemplar la historia, un monumento, yacimiento o museo no nos abandona, ni tampoco la capacidad de observación, de modo que nuestra manera de ver el mundo debe de ser bastante distinta a la de otra mucha gente. Emocionarse hasta el punto de tener ganas de llorar  es un privilegio que no está al alcance de todo el mundo.

Vivimos entre objetos. Los objetos nos conducen y enseñan. Todo ellos, ajenos o propios nos hacen. La arqueología es el procedimiento más adecuado para dar cuenta de cómo y por qué constituimos objetos distinguidos de entre las cosas. Útil e instrumento no son lo mismo. Ahondar en la diferencia es una forma de restituir a la ciencia el ambiente ético de su origen y darle satisfacción. La ética de sentirse objeto es la consecuencia necesaria.

Los historiadores jamás nos preguntamos por qué nos preocupa el pasado, ya que se da por supuesto que es tarea que hay que abordar. A diferencia de los filósofos que hurgan en el ser del Hombre, nosotros nos preocupamos de su hacer en el tiempo y el espacio. Usted mismo, querido lector, no podría decir quién es sino explicando dónde y cuándo nació, con quiénes se crió, cómo fue su niñez, adolescencia y adultez. Usted y yo somos lo que hemos sido. Sin pasado el presente carece de sentido. Nadie es, tal cual hoy, sin haber sido. Esto mismo ocurre con las culturas.

 Estudiamos el pasado para comprender el presente. Al saber lo que fuimos estamos en mejores condiciones de saber lo que somos. Pero la imagen de ese pasado no es una y para siempre, puede de hecho cambiar.

Los objetos poseen, más allá de sus rutinas de obediencia, una vida interior que puede colonizarnos
instrumentalmente o, por contra, ayudarnos a aprender a ser abiertamente útiles para los otros. Ser útil no es plegarse a la decisión a que obliga el instrumento, sino manifestarse un bien favorable. El mayor éxito social se produce en aquellos ámbitos en que sabemos ser el medio de la satisfacción de los otros. Ser un medio eficaz es el máximo valor que posee un objeto, y lo único verdaderamente importante para una sociedad abierta, sabia y solidaria. Una sociedad que se re-conoce en la causa primera. La causa primera, la causa del ser, es la materia. La materia está en todas partes. Es el punto de las formas y el uno de los números. Con nosotros, la materia ha logrado pensarse. Por eso no somos cualquier cosa: somos el objeto de materia que se piensa como sujeto de sí.
Al principio, con el balbuceo de la materia en su primer pensarse y producir pensar-nos, nos creímos paradójicamente pensados. Nosotros, el lugar que la materia concretó para desplegarse en Idea, creímos que la idea de Otro nos precedía. La fuerza de las cosas cobra con nosotros una nueva responsabilidad. Hasta donde sabemos, la primera y única responsabilidad consciente de la materia, una responsabilidad que nos impide huir de nuevo.

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Al saber que soy historiador, me ha preguntado con esa ingenuidad que suelen tener los niños en sus consultas ¿Para qué se hacen los estudios de Historia? ¿Sirven para algo? Me he quedado sin aire, examinado por un rudo maestro que ha dado justo en mi flanco débil. Por un momento me veo convertido en un niño. Vuelo como un rayo fuera del presente, envuelto en una nube de argumentos. Fácil pregunta y difícil respuesta, como casi todas las cosas importantes de nuestra vida. En un instante fugaz me he visto preguntándole a Sócrates para qué pensaba, o al apóstol Pablo para qué creía, a Teresa de Calcuta para qué angustiarse de aquellos pobres que no podrá mejorar, en fin, a Francisco Antonio Encina ¿Para qué 20 tomos de la Historia de Chile? o también ¿De qué sirve saber si fueron 6 o 1 millón los judíos asesinados en los campos de reclusión de la Alemania nazi?

Me viene a la memoria aquella vieja anécdota de un artesano que picaba piedras en una cantera; a la pregunta ¿Para qué hace eso? Respondió: “construimos una catedral”. El artesano entendía que sus piedras eran fundamentales para levantar la catedral, pero no sabía dónde ni cómo irían puestas. He aquí el sentido trascendente de todo trabajo bien hecho, que sirve para una obra mayor, junto a la convicción de pertenencia a una cadena de pequeños trabajos cuyo esfuerzo conjunto y solidario lograrán lo que cada uno no podría individualmente. Los historiadores “hacemos las piedras” con nuestras investigaciones para “construir la catedral” que es el conocimiento de la humanidad ¿Convenceré?

El historiador no busca reconstruir el pasado, porque reconoce que esto sería imposible. Su labor consiste en tratar de hacer inteligible una época y percibir lo que en ella se entendía. Sin embargo, se verá influenciado por el presente. Así,  las inquietudes del historiador serán influidas por su propia época y cultura: las temáticas que decida trabajar no serán las mismas para todos los historiadores. Algunos prefieren enfocarse en la historia social, otros en la económica e incluso unos deciden enfocarse en la microhistoria  relatando un efímero acontecimiento para reflejar el período estudiado.

El gran historiador Georges Duby dijo: “La investigación continúa siempre fecunda. Porque los historiadores no son detectores inertes, porque leen con ojos nuevos los mismos documentos basándose en cuestionarios que se reajustan constantemente. Estas palabras  dan cuenta de lo amplio que puede ser el estudio del pasado. Incluso si varios historiadores eligen el mismo tema, pueden abordarlo desde nuevos enfoques o hacerse otras preguntas respecto a al mismo tema o mismas fuentes. Esto permite conocer el pasado de manera mucho más amplia, a diferencia de la Historia del siglo XIX que sólo se enfocaba en acontecimientos políticos y bélicos. El proceso de construcción del conocimiento histórico está, por lo tanto, sujeto al presente o al servicio del mismo.

 Al momento de elegir un período y temática, el historiador  busca comprender el presente para así darle a la Historia una utilidad que vaya más allá del gusto de unos pocos. Por lo tanto, el peso del presente tanto en el historiador como en la Historia estará siempre allí. Esto no debe verse como una desventaja; al contrario, nos permite comprender a cabalidad el pasado, pues cada época se planteará preguntas diferentes en cuanto a lo que pasó, completando nuestra visión.

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