LA CONSCIENCIA DEL TIEMPO PASADO

En las visitas de los yacimientos arqueológicos, somos conscientes del tiempo que pasa, de  ese algo abstracto que desmorona las fuertes piedras al tiempo físico, del pasar de las horas, que nos aboca a un atardecer en creciente oscuridad.

Inmediatamente, tras esta sensación del pasar del tiempo, no sus efectos sobre las cosas, podríamos seguir deduciendo el proceso de interiorización: nuestra  casa, nuestra habitación, nuestros objetos más queridos, todo será roído por el tiempo.

Ante la brevedad de la vida, sentimos la angustia del tiempo que se escapa, y preguntamos angustiados por nuestro tiempo huido…. Ah de la vida! Antaño vividos! ¿Nadie nos responde?

En este pasar no es solo por el acercamiento a la muerte, sino la disolución del propio yo, en una especie de angustia existencial de la personalidad.

Cuanto hemos sido y que poco somos!

Cada día enterramos “ayer”… Y es un imposible dialogo con los tiempos perdidos:

-Estás yendo sin parar a un punto….

-Eres un fue, quizás un será, eres un ser cansado….

Esta sensación del tiempo que no cesa, que es, paradójicamente, la única terrible realidad de la vida, resuena insistentemente en estos diálogos con nuestra propia vida pasajera, quejándonos que entre nuestras manos se resbala la vida.

Desengañados, este resbalarse lo ahoga la cotidianidad, pero  llega inexorable  en el crepúsculo y en la noche: Huye lentamente cada día casi sin percibirlo.

 

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