La copa Warren, paradigma de la sexualidad en Roma

800px-Warren_Cup_BM_GR_1999.4-26.1_n3FRANC J. CONDE

Desde los primeros tiempos de la civilización romana se configuran y establecen virtudes, vicios, valores y actitudes dignas e indignas que sirven como términos mesurables para la valoración moral de un romano, entre ellas, la virtus y la pudicitia serán las que más consideración y respeto susciten, teniendo ambas una estrecha relación con el sexo. Así, el varón, como amo y señor de la casa establece un protocolo de actuación sexual concreto en el que la mujer es un elemento pasivo, esa virtus no se confiere si se pierde de vista la pudicitia, cualidad que deja de serlo en el momento del adulterio con un ciudadano libre (hombre o mujer), o al desempeñar un papel pasivo en una relación homosexual[1].

La tradición y la ley romana consideraban el matrimonio como el camino para la procreación de hijos legítimos. Esta unión se basaba en el consentimiento mutuo y duraba mientras ambos participantes mantuvieran dicho consentimiento. El matrimonio a menudo era monógamo y las mujeres mayores casadas gozaban de gran autoridad. No obstante, el divorcio era también frecuente y no particularmente censurado. La intención de tener hijos legítimos iba de la mano de un fuerte código moral basado en la castidad y en el puritanismo romano. En Roma se distinguió claramente entre matrimonio y comportamientos amorosos y sexuales. Los hombres, sobre todo en las clases altas, tenían una gran libertad en cuestiones sexuales, mientras que las mujeres tuvieron más restricciones y quedaban confinadas al ámbito domestico, al menos en los primeros siglos de Roma, luego cambio su estatus, como se verá. Es decir, el matrimonio fue un trámite burocrático, un acuerdo pactado entre familias. De los cónyuges se esperaba fidelidad a este compromiso en forma de respeto, apoyo mutuo y afecto, pero no en escapatorias sexuales.

La sociedad romana fue sin duda alguna muy permisiva con lo que hoy llamaríamos “homosexualidad” y con el sexo entre adultos y jóvenes. Existen numerosos ejemplos iconográficos y literarios que confirman esta aseveración. Ahora bien, realmente existe una marcada diferencia entre el sexo en el matrimonio y las experiencias sexuales fuera del entorno familiar. Los ciudadanos libres podían tener este tipo de relaciones fuera del entorno familiar, siempre y cuando no comprometieran la herencia de su prole. Por ello, estas relaciones solían mantenerse no con ciudadanos, sino con esclavos con quienes no podía existir una relación comprometida.[2]

Un aspecto significativo es la carga religiosa del sexo en Roma. Existieron grandes festividades, como los Lupercalia, las fiestas de iniciación sexual, las llamadas Liberalia, que eran los ritos de cambios de edad, y las procesiones con el fascinus para obtener la fertilidad  Al mismo tiempo hay que destacar  la importancia, en la mentalidad romana, del falo como elemento mágico,  que alejaba el mal o propiciaba el bien (poder apotropaico).

Pero con la llegada de la mentalidad griega en el siglo III a. c., Roma comienza a cambiar su protocolo de actuación basado en la virtus. Roma se dejó llevar ante la penetración de nuevos ritos orientalizantes tales como las bacanales.

Habia tres ejes que pivotaba las relaciones sexuales en Roma, en primer lugar en el matrimonio y el valor religioso del mismo; en segundo,  la consideración de la prostitución como algo moralmente aceptado, ya que actuaba como servicio público que alejaba las motivaciones de un posible adulterio contra un ciudadano; y en tercer lugar, el tratamiento de las relaciones bisexuales en Roma, con especial atención al texto de las Ley Escantinia, promulgada a principios del siglo II aC., sobre la condena de una relación sexual entre un ciudadano libre y con un púber libre, situación totalmente contraria a la pederastia griega, donde era la norma[3].

Hacia el final de la República, durante el siglo I a. C, hubo un preocupante incremento en la literatura de otras formas de relación sexual alternativas al modelo tradicional. Con la expansión romana aumentó la influencia cultural griega. Tal influencia fue  considerada en Roma como decadente en oposición a los tradicionales valores romanos reflejo de pureza y austeridad. La pederastia se concebía como una costumbre griega y el comportamiento homosexual pasivo del varón un vicio griego. Del mismo modo las leyes romanas comenzaron a preocuparse mucho acerca del adulterio. Catón felicita a un joven por visitar un burdel[4], lo que significaba que evitaba el contacto con las mujeres de otros hombres respetables. La preocupación jurídica contra el adulterio se basaba en la similitud existente entre la ruptura marital y la decadencia política. Augusto promulga en el 18 aC. la lex Iulia para contener esta decadencia moral. Pero simplemente se podría  decir en la alta sociedad romana existía una doble moral: la oficial impuesta a partir de las leyes de Augusto sobre el matrimonio y el adulterio, y la del romano que participaba sin inconveniente en todas clase de practicas sexuales y, al parecer algo muy novedoso, que fue exteriorizar el estado de enamoramiento, ensalzar al amor como lo hicieron los poetas Catulo y Ovidio. Después de Augusto, con los emperadores julio-claudios, los placeres de Venus se dejaron notar de diferentes maneras y formas, las bajezas sexuales llegaron a su punto álgido, consiguiendo además un abandono total de la moral y la virtus antigua, y un cambio en los matrimonios, creados por intereses y cada vez menos duraderos.

Para conocer la sexualidad romana en su totalidad, demás de las fuentes escritas,    tenemos los objetos, que podríamos llamar de arte erótico,  que nos hablan de su vida cotidiana, indispensables poder sumergirnos  en aquel pasado y poner color y luz a la Roma antigua.

No todos los objetos, pinturas o estatuas romanas con motivos eróticos tenían como propósito la excitación sexual.   Muchos de los motivos que resultaron obscenos a los primeros investigadores están en realidad relacionadas con las creencias religiosas del mundo romano  Como en otras culturas de la época, el culto a las divinidades de la fertilidad. Escenas eróticas reflejadas por doquier de la civilización romana, tanto en utensilios cotidianos, corno en estatuas, pinturas y objetos de culto religioso nos  acercan a sus costumbres y psicología.  Ahora bien, para calificar todo este material de forma objetiva hay que entender primero que la sexualidad no fue considerada en la antigüedad clásica algo pecaminosa y contraria a la espiritualidad, tal como fue juzgada más tarde por el pensamiento cristiano del que somos herederos.  Al contrario, fue canalizada en diferentes formas de expresión, religiosa,  de sentido común, incluso tratada con humor.

Para definir brevemente el erotismo romano, habría que decir que esta muy relacionado con la sexualidad y sus placeres, pero tenía que ver tanto con el cuerpo como con la mente, el erotismo para un romano  resultaba de la combinación de la esperanza de experimentar placer sexual mediante los componentes mentales, es decir, las representaciones, símbolos y  significación social  que le dan su valor.   El lenguaje del erotismo es la imaginación, la libertad. Agrega a la sexualidad todo lo que tiene que ver con el despliegue del imaginario, otorgando permisividad, venciendo tabúes. el ejemplo paradigmático es el objeto artístico que da nombre al artículo, la Copa Warren. Actividades homosexuales representadas en una copa de plata del periodo de Augusto a finales del siglo I a. de C

En la vida doméstica cotidiana, los romanos contaban con numerosos objetos que por su uso, forma o decoración ofrecían una representación erótica: jarrones, lámparas, esculturas, frescos y mosaicos multiplicaron los objetos aparentemente “obscenos”. Han aparecido no sólo en las casas, sino también en termas públicas, tumbas, santuarios y otros y otros edificios. Las imágenes eróticas romanas muestran la variedad de posturas amatorias que formaban parte de la vida amorosa y expresan numerosas fantasías sexuales que culminan lo que podríamos denominar sexo no encaminado a la reproducción, sino al propio placer sexual: coito anal, fellatio, cunnilingus, trío o incluso cuarteto.  Una de las posturas de cópula más frecuentemente representadas es la del hombre de rodillas y la mujer tumbada con las piernas alrededor de sus caderas o de sus hombros No son raras las imágenes que representan la penetración anal de la mujer, pero bien sea anal o vaginal dando imagen de dominación masculina. También se han representado prostitutas practicando la felación. La felación era considerada un acto sexual más para quien la recibía, pero indigno para quien la realizaba[5]. Es decir, sin duda alguna los objetos cotidianos que han llegado a nuestros días reflejan cómo en el mundo romano los juegos amorosos y fantasías sexuales desempeñaron un papel importante en la vida de los hombres y las mujeres.

En una cultura así, este  erotismo tan “liberal” habría de ocupar un espacio fundamental en la vida cotidiana.  Es por ello que, además de las esculturas religiosas, se han hallado tantos objetos eróticos cuyo propósito principal era la estimulación sexual, o provocar la risa y el alborozo. Este arte erótico, una vez sacado de las villas de la aristocracia romana, estaría al alcance de la mirada y la mano de la población en general. Todo este universo erótico podría  explicar que, en la sociedad romana, caminaban dos morales a la vez, la de  encarnar unos determinados ideales cívicos y sociales, la virtus, y la de los deseos de disfrute real del sexo en todas sus modalidades[6].

[1] ROBERT Jean-Nöel, Eros romano. Sexo y moral en la Roma antigua, Madrid, editorial complutense, 1999. Pág. 29

[2] CANTARELLA Eva, Según Natura. La bisexualidad en el mundo antiguo. Madrid. E. Akal, 1991, Pág. 136

[3] Ibíd. Pág. 33

[4] Cf. Catón,  Ad horat. sem, 1, 2,3 citado en V. Vayoneke. 1991.La prostitución en Grecia y Roma, pág. 100

[5] CANTARELLA,  E., Según Natura, pág. 164

[6] GARRIDO G., Sexo en el mundo clásico,  Revista Misterios de la Arqueología y del Pasado, Año 2  Núm. 16  1998. Págs. 22-24

 

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