LOS MUSEOS ARQUEOLOGICOS

Venimos a los museos arqueológicos atraídos
por cierto interés en contemplar objetos desconocidos
y descubrir sus misterios. También, con la
curiosidad por averiguar si contienen algo que nos
sea propio, algo que perdimos o algo que nos constituya.
Los que somos arqueólogos, también venimos
para encontrar la sustancia de lo que hacemos,
para entendernos a través de ellos y ver si podemos
hacer algo más que comer de ellos.
Los museos pretenden ser el arsenal de nuestra
memoria. ¿Qué mejor que un museo arqueológico
para hablar de objetos?
Nada peor. Los museos, como los álbumes de
cromos, auspician el coleccionismo y el inventario
notarial. Su primera y casi siempre única finalidad
es poner en orden semejante saturación de imágenes.
Un objetivo casi imposible que impide su verdadera
misión de retener la memoria de la materia
social.
Ningún objeto, en un museo, suele decir su
mundo. Los museos arqueológicos suelen mostrar
objetos tristes, rotos por una sintaxis carcelaria. Permanecen
atrapados en sacos de vidrio que pretenden
ordenarlos en celdillas separadas de tiempo
muerto. A lo sumo, evocan una imagen fija que
les hurta el sentido íntimo de su particular historia
y el porqué de su conservación. En los museos, los
objetos, desterrados de su contexto y radicalizados
por intereses identitarios. se amoldan a premeditaciones.
Los museos, salvo contadas excepciones, enclaustran
un barullo impresionante de cosas que
dejaron de tener su objeto propio por ilustrar el de
alguna voluntad decidida. Los arqueólogos tenemos
mucha culpa en todo esto. Contribuimos a
crear naturalezas muertas y nos empeñamos en
volverlas a poner en circulación bajo un código de
sentidos contrapuestos:

Unos pretendemos restituir el sentido que tuvieron
los objetos, no olvidar lo que significaron y
no perder su memoria.
Otros, en cambio, pretenden ilustrar con ellos
nuevos relatos con el fin de abrirlos a nuevos significados
en los que la memoria semeja más una
carga que un impulso.
Los museos le suelen perder el respeto a la historia.
Avanzando hacia el futuro, parecen ignorar
que en cada instante que pasa avanzamos hacia el
pasado. Desde allí, los objetos se mantienen junto
a nosotros y nos empujan a emprender nuevas andaduras
sin dejar de recordarnos el camino. Los
museos arqueológicos, con ese ruido de materias
tan característico, intentan responder a un afán
de saber qué y cómo fue, o qué y cómo somos,
mientras paradójicamente vomitan sin recato que
no vale la pena recordar nada. Representan el silencio
de la imagen como fetiche perpetuo de la ignorancia.

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