LA MUERTE EN LA EDAD MEDIA TRAS LA CONVULSION DE LA PESTE NEGRA

1.-LA MUERTE, ESE HOMBRE

– ¿Quién eres tú?

– La muerte.
– ¿Es que vienes por mí?
– Hace ya tiempo que camino a tu lado.
– Ya lo sé.
– ¿Estás preparado?
– El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Espera un momento.
– Es lo que todos decís, pero yo no concedo prorrogas.

La pequeña iglesia de Täby, población a unos quince kilómetros al norte de Estocolmo, cuya planta  original es del siglo XIII,  contiene 66 pinturas murales del s. XV, sobre todo con temas del Antiguo Testamento, obra de “Albertus Pictor”, Alberto el Pintor. Una de esas pinturas, envuelta en la penumbra, representa a la muerte jugando al ajedrez con un caballero. De esta pintura, el director sueco Ingmar Bergman  se inspiró para realizar la película  “El Séptimo Sello” en 1957; de la cual pertenecen el dialogo y la imagen que encabezan este ensayo.  El film esta ambientado en la Suecia del siglo XIV, asolada por la Peste Negra, al igual que el resto de Europa, se inicia con la llegada a su tierra del caballero Antonius de las Cruzadas (un anacronismo del director) donde se encuentra con un personaje que inician el dialogo descrito al principio. Como ve que la Muerte  lo reclama, Antonius le propone jugar una partida de ajedrez, con la esperanza de obtener de Ella respuestas a las grandes cuestiones de la vida: la muerte y la existencia de Dios. A lo largo de todo el film la Peste Negra esta presente como  impulsor del argumento en cada una de las historias que van surgiendo y en los personajes que las interpretan: si la Peste Negra les  aprehenderá ineludiblemente, como deben afrontar la vida, si deben aferrarse a ella y, sobre todo, como enfrentarse al hecho de Morir.

He querido ilustrar la introducción  de este ensayo sobre la muerte en la Edad Media con el “Séptimo Sello” para abordar una de las diferentes ópticas con las que se puede afrontar el tema.

Por otro lado, la elaboración de imágenes es un impulso propio de los seres humanos, que se acentúa ante situaciones  trascendentales de la vida: la imaginación intenta transformar lo ininteligible en una representación que pretende hacer accesible a la comprensión aquello que parece evadirla. En el caso de la muerte, ninguna imagen puede captarla en todo su significado, pese a los variados modelos provenientes de lA mitología, folclore, religiones, giros idiomáticos, arte y literatura.

Se presenta en esta exposición algunos aspectos destacados de las representaciones masculinas, plásticas y literarias, con que se ha personificado a la Muerte  a lo largo de la baja Edad Media, tras la irrupción en Europa en 1348 de la Peste Negra. La convulsión que produjo en todos los aspectos de la sociedad y en la redefinición del concepto de la Muerte.

La Muerte, siempre presente para el cristiano medieval, está más presente que nunca, tomando su aspecto más terrorífico, apareciendo sin previo aviso, en medio de terribles sufrimientos. La Peste Negra, además de ser una pandemia, que afectó a gran parte de la población,  generando un gran impacto demográfico y social, atemorizó a la gente tal como describe magistralmente Bergman en su película, causándole gran desconcierto e interpretaciones muy diversas, además de acentuar la crisis del siglo XIV.

2.- NOCIONES PRINCIPALES  SOBRE LA MUERTE  ANTES DE LA PESTE NEGRA

Como no podía ser de otro modo, el concepto medieval de la muerte tiene su origen en la Biblia. Según se relata en Génesis, la Muerte se establece en el mundo por el pecado de Adán y Eva. El pecado original fue la desobediencia de Adán y Eva a Dios. Dios había advertido a Adán, antes de la creación de Eva, que el castigo de comer el fruto prohibido sería la Muerte. Después, en el Nuevo Testamento, San Pablo ratifica y amplia la explicación de esta doctrina bíblica, en la carta a los Romanos, capítulo 5, versículo 12, escribió que “así como por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y la muerte mediante el pecado, y así la muerte se extendió a todos los hombres porque todos habían pecado”. Sin embargo, en la misma carta, el escritor bíblico da con la respuesta a qué hay después de la muerte terrenal: “Porque el salario que el pecado paga es muerte, pero el don que Dios da es vida eterna por Cristo Jesús nuestro Señor.”  (Romanos 6, 23). En la concepción cristiana la muerte se considera el instante en el que se separan cuerpo y alma. Por esta importante doctrina, existe la convicción entre la población de la Edad Media de la existencia de otra vida, la vida eterna, tras el tránsito, por lo que temen fallecer sin aviso, repentinamente, y verse privados de un tiempo precioso para repartir sus posesiones, ratificar la buena convivencia familiar y arreglar los trámites del Más Allá, es decir, asegurarse el arrepentimiento final y el cumplimiento de ritos y ayudas para que su alma se garantice la vida eterna.

Por todo ello la vida terrenal fue considerada durante la Edad Media como un mero tránsito hacia la eternidad. El cielo era el destino deseado por todos pero por mucho que el individuo se preparara el camino para la salvación nada estaba asegurado y el infierno constituía un serio peligro. La vida terrenal no era la autentica “Vida”, por lo que muchas veces era considerada como miserable, incierta, engañosa, transitoria; estaban convencidos de que estaban en un valle de lágrimas, del que solo la Muerte les libraría. La Muerte es algo inevitable, destino común del que no se puede escapar y ante una proximidad muestran una resignación natural que les hace más pensar en los que quedan y en la preparación de su tránsito, que en lamentaciones y arrepentimientos.

El hombre es un peregrino en la Tierra, en su búsqueda y anticipo del Juicio final; la misma Tierra no es más que una especie de  desierto creado por Dios, que será desplazado al final de los tiempos cuando Dios cree “un Nuevo cielo y una Nueva Tierra” según se cita en Apocalipsis, capítulo 21, versículo1.En realidad, la salvación cristiana viene sobre la destrucción del individuo mundanal y del mundo que  habita. Se origina así el Contempus Mundi (el desprecio del mundo), donde todo buen cristiano renuncia al mundo terrenal, que es solo una preparación para la muerte y el mundo venidero. El papa Inocencio III escribe en al año 1196 De miseria humanae conditionis, cuyo su mensaje primordial es que la peregrinación es inevitable, y que la muerte y el juicio divino vienen a configurar la observancia religiosa cristiana diariamente: “mejor es morir la vida que vivir la muerte; porque nada es vida mortal sino muerte viviente…la vida pasa rápidamente y no es posible retenerla: la muerte tiene lugar de forma instantánea, no es posible impedirla. Esto es también admirable porque cuanto más se crece, mas se decrece; porque cuanto más se ha avanzado en la vida, más cerca se esta del fin.”

Ahora bien, en el Más Allá, donde se “vivirá eternamente”, no solo esta el cielo, sino tambien el infierno, que constituyen los dos destinos extremos. Inmediatamente después de la muerte, el alma humana es juzgada por Dios. Después del juicio se recibe el premio o el castigo. Las almas de quienes murieron en pecado mortal caen en el infierno, y las almas de aquellos que murieron en gracia de Dios van al cielo. Si bien a partir del siglo XIII adquiere  la idea de un tercer lugar, el purgatorio, intermedio entre ambos, donde las almas que necesitan un tiempo de expiación para acceder a la gloria aguardan y se benefician de los actos piadosos hechos en en la Tierra, según la concepción de los santos. También en estos momentos se formula la existencia del limbo como lugar particular para las almas de los niños no bautizados. Dante desarrollara profundamente todo ello en su obra  “La Divina Comedia” donde nos ofrece una completa perspectiva de la idea y la doctrina de la vida del “Más Allá” que se tenía en la Edad Media.

Al existir el convencimiento generalizado en la resurrección tras el juicio final, se manifiesta en buscar para el enterramiento la compañía de sus muertos, de sus personas más queridas, junto a las cuales se quiere despertar un día. En los pueblos y aldeas, los testadores solicitan ser enterrados en el cementerio de la iglesia parroquial, lo que les “garantizaba” ya una compañía conocida.

La representación de la Muerte como personaje masculino predominó en la Edad Media. Las pinturas medievales sobre la crucifixión de Jesús solían incluir al pie de la cruz el cadáver, el esqueleto o al menos el cráneo de Adán, para simbolizar que, al morir Cristo, vence a la muerte en este mundo, simbolizada por Adán. Desde el siglo VIII hasta el XIII hay imágenes de la Muerte como un hombre con barba, derrotado por la muerte de Jesús, ya sea ubicado al pie de la cruz o bajo el pie de Jesús. En algunas de esas obras, el carácter masculino de la Muerte, que posiblemente se refiere a Adán, contrasta con la representación de la Vida como una mujer.

Los párrafos anteriores son un somero esbozo sobre los conceptos asociados a muerte,  conceptos que habrían de ser  sacudidos  y ampliados con la llegada de la Peste Negra en el siglo XIV. En este contexto, la figura de la vida humana como peregrinación

3.- LA PESTE NEGRA HACE SU IRRRUPCIÓN EN EUROPA

No se sabe con certeza  dónde comenzó exactamente la  epidemia, las  hipótesis  indican dos lugares, las estepas de Asia central o el norte de la India. Pero parece claro que desde alguno de estos dos lugares fue llevada al oeste por los ejércitos mongoles. La peste fue traída a Europa por la ruta de Crimea, donde la colonia genovesa de Kaffa,  fue asediada por los mongoles en 1347. La Historia dice que los mongoles lanzaban con catapultas los cadáveres infectados dentro de la ciudad. La peste se encontraba en un bacilo, el Yersinia Pestis, que estaba en las pulgas de las ratas negras que se hallaban en los barcos genoveses. Así,  los refugiados de Kaffa llevaron después la peste a Messina, Génova y Venecia, alrededor de 1348. Algunos barcos no llevaban a nadie vivo cuando alcanzaron puerto[1]. Las ratas  convivían con la población en una época en la que la higiene era escasa y las ciudades eran caldo de cultivo de focos infecciosos.

Como se ve en el mapa, la Peste Negra se extendió rápidamente por todo el territorio europeo. Desde Italia la peste se extendió por Europa afectando a Francia, España, Inglaterra (en Junio de 1348) y Bretaña, Alemania, Escandinavia y finalmente el noroeste de Rusia alrededor de 1351. Según algunos cálculos, mató alrededor del 30% de la población europea entre 1348 y 1353, llegando hasta el 50% durante los siguientes veinte años. Las ciudades portuarias y comerciales fueron las más afectadas, como Marsella y Albi, donde murió más del 60% de sus habitantes. Baste con un ejemplo, Guillem de Nugiaco, cronista contemporáneo de los hechos, relata que la mortalidad en París fue tan alta, que se sepultaban más de quinientos cuerpos diarios en el Cementerio de los Inocentes[2]. En la península Ibérica, afectó de manera desigual, según el reino. Castilla y León perdió alrededor del 20% de la población, en Aragón murió un 35% de la población. Pero  Cataluña y Navarra fueron las más afectadas, pues la peste mató a un 50% de la población según algunos estudios.

Pero hay que tener en cuenta que, en realidad, es imposible saber el número de víctimas con exactitud, porque en este tema los cronistas de la época no son de fiar y hay que recurrir a otras fuentes, como recaudaciones de impuestos, censos o los escasos documentos que se conservan de las iglesias en los que se recogen nacimientos y defunciones. Los cronistas, impresionados sin duda por la acumulación de cadáveres, dan cifras exorbitantes al elevar el número total de muertos.

Una aproximación de las repercusiones de la Peste Negra puede ilustrarse con el siguiente grafico sectorial realizado por el historiador italiano Paolo Malanima:

El grafico muestra con claridad que el descenso brutal de la población a causa de la gran mortandad hizo que bajara la producción agrícola al haber menos manos que pudiesen trabajar la tierra lógicamente pero, paradójicamente se indica un tercer dato y es que habría mas alimento para la población superviviente, hecho que posiblemente no aliviaría las consecuencias de la Peste Negra.Se puede acudir también a uno de los textos más famosos que describen el inicio de la propagación en una ciudad, Florencia, así como las fases de la enfermedad en las personas:

“Al iniciarse la primavera del año anterior, comenzó la peste sus horribles efectos, apareciendo de una manera casi milagrosa. Pero no ocurría como en Oriente, donde el verter sangre de la nariz era signo de muerte al empezar la enfermedad, les salían a las hembras y a los varones unas hinchazones en las ingles y los sobacos que a veces alcanzaban el tamaño de una manzana común, o bien como un huevo, unas más mayores que otras. Vulgarmente se las denominaba bubas. Las mortíferas inflamaciones iban surgiendo por todas partes del cuerpo en poco tiempo, y seguidamente se convertían en manchas negras o lívidas que surgían en brazos, piernas y demás partes del cuerpo, grandes y diseminadas, o apretadas y pequeñas. Y así como el bubón primitivo era signo, y aún lo es, de muerte inmediata, también lo eran esas manchas. Para curar tal enfermedad no parecían servir el consejo de los médicos ni el mérito de medicina alguna, ya porque la naturaleza del mal no lo consentía, o bien, a causa de la ignorancia de los médicos cuyo número, aparte del de los hombres de ciencia, habíase hecho grandísimo, entre hombres y mujeres carentes de todo conocimiento de Medicina, haciendo que escapase el origen del daño y el modo de tratarlo. Y así, no sólo eran raros los que se curaban,

sino que casi todos, al tercer día de la aparición de los antedichos signos, cuando no antes o algo después, morían sin fiebre alguna ni otro accidente.” (El DECAMERON, Giovanni Boccaccio, Jornada Primera)Gracias a la descripción magistral que el escritor florentino nos ha legado, podemos sentir tan cerca al enfermo, ver su aspecto terrible tras ser contagiado por la enfermedad.

La Peste Negra se convirtió en una enfermedad endémica, con rebrotes ocasionales y locales, prolongados por períodos de entre seis y 18 meses, reapareciendo cada pocos años, durante casi dos siglos. La epidemia de 1347 es la más conocida y mortífera. Sin embargo, también fueron importantes los brotes de 1362-1364 en el norte y sur de Europa, y la del Mediterráneo entre 1374 y 1376. Según algunos estudios, mato a un tercio de la población de Europa en aquella época equivaldría a unos veinte millones de personas.

Se vivía con intensidad el miedo, la desesperación y la incertidumbre. Una situación descrita por Jacques Heers en su obra Occidente durante los siglos XIV y XV. Explica cómo las crónicas describen ciudades diezmadas por la peste, donde los pocos sobrevivientes huyen, mientras muertos y enfermos aumentan sin cesar, siendo imposible atenderlos a todos. Por eso, este autor la considera uno de los aspectos más importantes de la crisis de la segunda mitad del siglo XIV. Por lo tanto, está claro que la Peste Negra contribuyó a hacer más radical la visión pesimista del hombre bajomedieval hacia la vida. Y a pesar de que no fuera la causa primera de la noción de una muerte cercana y siempre presente, está claro que contribuyó a intensificar esta idea, porque sus contemporáneos vivían constantemente con el temor de ser ellos, o sus seres queridos, afectados por esta gravísima enfermedad.

La idea de la muerte estaba muy presente el la mentalidad del hombre medieval. Pero será con la crisis del siglo XIV, época de gran mortandad, sobre todo por la Peste Negra, pero también por las hambrunas y las guerras, cuando su presencia se convierte en obsesiva en el arte, la literatura, los sermones y, en general, en todas las manifestaciones culturales posteriores a 1350. “Sufriendo unos la enfermedad, otros el miedo, se ven enfrentados, a cada paso, bien a la muerte, bien al peligro. Los que ayer enterraban hoy son enterrados, y a veces encima de los muertos que ellos había sepultado la víspera.”[3] Ante esa situación, nadie puede permanecer indiferente.

En vista de estos datos, ¿Es posible descubrir el impacto de la Peste y su influencia en la idea de la muerte? ¿Hasta que punto el miedo e inseguridad que ocasionó la pandemia entre la población europea influyó en la mentalidad occidental?

 

4.- LA REDEFINICIÓN DE LA IMAGEN DE LA MUERTE.

La Peste Negra, que habia llegado en 1348, se añadió a las crisis socio-económica y política en toda Europa se venia arrostrando desde inicios del siglo XIV, lo que llevó a una grave crisis de valores de la sociedad debido a la incapacidad para dar una explicación a la nueva realidad por parte de las instituciones y los estamentos de poder.Pero para enfocar la atención en el tema, se puede decir que, ante el terror inmenso que provocó este mal desconocido, se buscó la explicación en lo sobrenatural. La Peste Negra se consideró un castigo divino por los pecados de los mortales. En plena desesperación, se buscaron culpables y víctimas que calmaran la ira divina.  Las personas se sentirán impotentes ante la enfermedad, atribuyendo a su ignorancia las posibles causas y soluciones de este flagelo este sentimiento desesperado. Porque fue algo inesperado, violento y no consiguen con sus conocimientos descubrir la razón de aquello.

La literatura se ocupa prontamente del tema de modo profuso. Veamos, como ejemplo significativo, cuatro estrofas del “Discor” 510 de fray Diego de Valencia, recopilado en el cancionero de Baena de 1373:

III

  1. Dime, Muerte, ¿por qué fuerte es a todos tu memoria?

ca tu suerte fue conuerte a los que biven en gloria.

Citatoria e munitoria embías que me confuerte,

dilatoria perentoria a mi puerta non apuerte.

  1. Tú desfazes muchas fazes que fueron fermosas caras,

los rapazes de almofazes con los señores comparas;

algazaras muy amaras contra muchos buenos fazes,

tus señaras cuestan caras al coger de los agrazes.

……………….

  1. Quando vienes, luego tienes con las gentes omezío,

e los bienes que mantienes todos son en val’ vazío;

muy sandio e baldío es aquel que tú sostienes,

amorío e señorío, todas cosas non convienes.

  1. Por fenida de seguida de ninguno non te dueles;

atrevida sin medida, más cruel que los crueles;

nin me asueles nin consueles, déxame passar mi vida;

peor hueles que non sueles. ¡Muerta seas e perdida![4]

 Este poema consiste en una sucesión de acerbas imprecaciones contra la personificación de la Muerte. Su esquema formal sirve de apoyo a un enfoque  general del tema luctuoso. Sus quejas contra la muerte se distribuyen, de forma  equilibrada entre sus estrofas. El autor  vocea en primera persona las quejas, exabruptos y temores del “yo” lírico contra su infatigable acosador, la Muerte. El poema se cierne, de forma lírica, sobre la realidad objetiva de la muerte como hecho nivelador, su arbitrariedad impersonal. Para, en una segunda parte, aseverar que la muerte proyecta una voluntad de engaño y crueldad deliberada sobre la misma.

En la mentalidad cristiana medieval, “la enfermedad muchas veces se identificaba con el pecado, o, como en el caso de la lepra, como una metáfora del paganismo o la herejía”[5]. En ese contexto, no resulta extraño encontrar interpretaciones que, a falta de conocimientos científicos, recurran al castigo divino como una posible causa de la Peste, su virulenta propagación y su extensión en el tiempo.

Por lo tanto, dentro de la mentalidad medieval y en concordancia con la tradición del Antiguo Testamento, la enfermedad era parte del plan divino. Aún así, se interpretaba como una gran desgracia, ya que era un anuncio de la cercanía de la muerte, en un mundo donde los conocimientos y prácticas médicas eran muy precarios e insuficientes para sanar todas las dolencias. En ese sentido, la Peste se presentará como una catástrofe, ya que la medicina de la época se verá impotente ante ella: desconoce sus orígenes, no consigue sanar a los enfermos ni evitar los contagios.

En los siglos anteriores de la Edad Media, la muerte nunca fue acompañada de caracteres macabros. Sería a partir de la segunda mitad del siglo XIV cuando aparecen aspectos tétricos, motivados sin duda por la difusión de la Peste Negra y las epidemias, hambrunas y devastadoras guerras que sacudieron la Baja Edad Media.

La muerte se presenta, en teoría, como la última acción igualitaria sobre la sociedad, pero, en realidad,  la posición social y la economía condicionaba la salvación. La muerte se presenta tambien como un acto de la vida cotidiana y existe una visión menos temerosa ante ella. En las ciudades se desarrollaría incluso la idea de muerte-espectáculo.

La aparición de la Peste Negra no creó lo macabro en el arte, pero potenció su vertiente más repugnante y desagradable. Por esa razón, es habitual la aparición en la decoración de las salas de banquetes de esqueletos bailando, bebiendo o borrachos que se ríen como incitación al goce de los sentidos y a la capacidad para celebrar los placeres.

Si, para todos los cristianos y cristianas de Occidente, la presencia de la muerte era cotidiano e ineludible. Y no hay que olvidar el papel fundamental de la Iglesia, pues los clérigos, les recordaban en sus sermones la Pasión de Cristo, la futilidad de la existencia, la posibilidad de una muerte del alma también a quienes falleciesen en pecado mortal, que recibirían sufrimiento eterno, siendo muy explícitos describiendo los horrores que les esperaban en el infierno. Se trataba de despertar un miedo horrible al juicio final y un ardiente deseo de alcanzar el cielo de manera que la idea de morir bien, de escapar a las “crueles penas infernales” y alcanzar los “gozos de la Santa Gloria del Paraíso” prendiese en todos los estamentos sociales[6].

Para conseguir la salvación de los difuntos era necesaria la mediación de los clérigos lo que motivaba el encarecimiento de la muerte. La misa era la fórmula de conectar el mundo de los vivos con el de los muertos y ahí también encontramos una evidente diferenciación social ya que los ricos podían ofrecer más misas por sus difuntos al tiempo que tenían más posibilidades de realizar la caridad con los pobres.

Indiscutiblemente el mejor y más eficaz método para morir bien, en paz y con posibilidades de salvación eterna era llevar una vida ejemplar, pero a nadie se le ocultaba la tendencia de los mortales a los desvíos, errores y pecados, de modo que los manuales para enseñar a morir cristianamente encontraron un público numeroso y ávido.

También el testamento se convierte, para la mentalidad del hombre medieval, en un auténtico pasaporte para la vida eterna, aunque es bien consciente de que ese documento tiene que ir acompañado de las buenas obras y completado por los correspondientes sufragios. Por ello, todos los testamentos de esta apoca son redactados en un doble planos; el natural y el sobrenatural. Es decir, la transmisión de bienes temporales, y la conciencia de la necesidad de presentarse libre de acusaciones ante el juicio divino.

5.-  REFERENTES ICONOGRAFICOS DE LA MUERTE

 Según Johan  Huizinga, el espíritu del hombre medieval se encontraba a gusto entre gusanos y polvo. Si, en todos los tratados religiosos sobre el menosprecio de la vida terrenal se describía con   detenimiento los horrores de la descomposición del cuerpo. Y es en siglo XIV cuando la pintura hace su aparición para acompañar las descripciones literarias con los detalles visuales tan necesarios para el vulgo analfabeto. La muerte, en toda su fiereza debido a la Peste Negra, tiene que ser tratada con un alto grado de fuerza expresiva realista por los pintores para que llegue al pueblo. Se representa con abominable diversidad en los sepulcros  el cadáver desnudo, corrupto y arrugado, con las manos y los pies retorcidos y la boca entreabierta, con los gusanos pululantes en las entrañas[7].

Aunque hay testimonios  icnográficos de la Muerte como esqueleto en el siglo XIII, sería en  el siglo XIV cuando el esqueleto se estableció firmemente como la forma de la muerte personificada. En la Antigüedad el esqueleto se habia representado  simbolizando más bien un espectro o  fantasma de la persona muerta, no al misma Muerte como un Ser con autonomía propia.

La observación atenta de la mayoría de las imágenes esqueléticas de la Muerte en el Medioevo revela que no reproducen solo la osamenta: se trata más bien de cadáveres, cuya cabeza está revestida por piel muy delgada sobre el cráneo óseo, con las órbitas vacías y sin nariz: esto da la impresión de que los otros segmentos del cuerpo corresponden a un esqueleto; lo que no es exacto. En el tórax las costillas aparecen muchas veces esbozadas bajo una piel apergaminada. Frecuentemente tienen una abertura en el abdomen, a través de la cual a veces se pueden reconocer asas intestinales. Las extremidades suelen tener piel y los huesos solo se insinúan; en otros casos aparecen los huesos bajo jirones de piel y partes blandas: están dibujados muy toscamente, dado que no existía un conocimiento detallado de la Anatomía: por ejemplo, el antebrazo y la pierna constan de un solo hueso, las articulaciones de cadera y rodilla están insinuadas en forma muy elemental, lo mismo los huesos de pies y manos. En síntesis, se suele denominar esqueleto a las figuras que mejor se podrían considerar “cadáveres esqueléticos”.

Por tanto,  parece un hecho evidente que tras la aparición de la Peste Negra la idea de la

muerte va haciéndose obsesiva. Un proceso que se desarrollara completamente en el siglo XV de modo icnográfico. Si, este fenómeno se ve en el arte de este siglo, donde las escenas de muerte, los moribundos y los transidos de dolor, vienen a sustituir las escenas escatológicas y más espirituales del Juicio Final y el Apocalipsis de los siglos anteriores. “El espectáculo del calvario, las cruces, los cuerpos de los ejecutados, reina aplastante sobre el arte de los siglos XIV y XV.”[8]

Los diferentes conjuntos iconográficos que se desarrollan  y describen el cambio de concepción de la muerte y su relación con la pérdida de identidad son, El Encuentro entre los tres vivientes y los tres muertos; La Danza de la muerte tambien llamada Danzas Macabras; el Transi; el Triunfo de la Muerte y, por último, el Ars Moriendi.

Si bien siempre se han ligado estos conjuntos con el gusto por lo macabro, a consecuencia del duro varapalo que sufrió la sociedad con la Peste Negra, en realidad van mucho más allá y sirven para ilustrar claramente valores de la mentalidad medieval, que tuvieron su difusión en la Baja Edad Media, y que son a la vez causa y efecto de los miedos de esta sociedad.

A continuación se expondrá brevemente dos ejemplos que parecen más significativos, conocidos y, en cierta manera, complementarios sobre los referentes literarios y visuales sobre la muerte  que se originaron a partir de la segunda mitad del siglo XIV, y que estuvieron plenamente vigentes en el s. XV.

 

5.1 La danza de la Muerte

 

 Danza de la Muerte: el papa y el emperador.

Según xilografía de Guyot Marchant.1486

 La danza de la muerte, tambien llamadas Danzas Macabras son una expresión artístico-literaria, surgida en el siglo XIV, que representa a la Muerte personificada. Se representada como una serie de escenas en las que unos esqueletos van emparejándose

con los vivos, arrastrándolos a bailar con ellos. Lo habitual es que la Danza sea un dibujo, pintura o grabado, acompañado por un texto, que puede ser en verso, una leyenda o un epigrama. Pero, también existen Danzas que carecen de texto literario y otras, como la Dança General castellana, que describen la danza de la muerte en verso, careciendo de representaciones iconográficas.

Sin embargo, los elementos claves que debe tener toda Danza de la Muerte para ser considerada como tal son: presentar a la muerte como su protagonista, estableciendo un

diálogo con los vivos, basado en el ubi sunt? y la crítica a la vanitas.

Según el profesor Víctor Infantes, es importante destacar estas representaciones artísticas como un reflejo de la mentalidad de la época: una sociedad en la que la idea de la muerte está siempre presente, y que no perdona riquezas, linajes, ni títulos de nobleza. También se concibe como una especie de crítica de la sociedad de la época, con su rigurosa división estamental y tan preocupada por el lujo y las manifestaciones externas, frivolidades que con la muerte parecen inútiles. Por si fuera poco, esta crítica es representada de un modo que, a los ojos del hombre contemporáneo, parecería insólito, porque “no era sólo una piadosa exhortación, sino también una sátira social, habiendo en los versos que le acompañan una leve ironía.”[9]

El objetivo de la Danza de la Muerte no era sembrar el terror entre las personas, sino “recordar la incertidumbre de la hora de la muerte y la igualdad de todos los estados y edades frente a ella.”[10] La muerte es algo inevitable, todos vamos a morir,  sea cual sea la  condición social o económica. Por eso, la literatura, los grabados y los frescos representan esta muerte triunfante, que baila con personas de todos los estamentos y edades.

Grabado: tanz dez gerippe (1492)

de Michael Wolgemut

La Danza culmina con las advertencias que hace la Muerte a todos los que no han sido nombrados en ella, para recordar que por el hecho de estar ausentes en el poema, no les eximirá de la muerte, inevitable para todos independiente de su condición, ya que no distingue edades, riquezas ni posiciones sociales. Ante esta advertencia final, aquellos que van a morir optan por aceptarlo, con resignación.

 

5.2 El Ars moriendi

 Los Ars moriendi, o Manuales de la Buena Muerte, surgieron en el siglo  XV como compendios de la tradición cristiana acerca de la muerte, acompañados de imágenes que ilustraban sus enseñanzas. Fomentaban una actitud valiente, pacífica y positiva ante la muerte. Ésta se presentaba como la última batalla del hombre por la salvación de su alma, enfrentando las tentaciones de los demonios, ayudado por las buenas inspiraciones ofrecidas por su ángel de la guarda. Estos Manuales comenzaron a circular después del Concilio de Constanza (1414-1417), que puso in al Cisma de Occidente. No sólo se buscaba fortalecer la misión pastoral de la Iglesia, sino también destacar la importancia de la “Buena Muerte”, para la salvación de las almas. La imprenta contribuyó a la gran difusión de este Manual que trata un tema tan trascendente, en un texto breve, pero expuesto con gran dramatismo y claridad. El Ars moriendi destaca la actitud cristiana ante la muerte, en un clima optimista, de tranquilidad y confianza en la Salvación.

Grabado: Anfechtung durch Hofart, Ars moriendi (1440), Anónimo A diferencia de las Danzas Macabras, que representaban la muerte como un fenómeno colectivo, los Ars moriendi representaban una muerte más íntima e individualizada: un moribundo, cuya alma luchaba por su salvación, enfrentándose a las tentaciones de los demonios, asistido por los ángeles. Mientras las Danzas presentaban el triunfo de una muerte inevitable, resaltando lo macabro y terrorífico, los Ars moriendi fomentaban una actitud serena ante la muerte, evitando los miedos y angustias que hacen al hombre caer en las tentaciones. Dos manifestaciones artístico-literarias que, aunque parecen contradictorias, en realidad son complementarias. Mientras la Danza representa la muerte inevitable, que podía llegar en cualquier momento, sin distinguir estamentos,

riquezas o edad, el Ars Moriendi ayuda a enfrentar esta Danza con serenidad. Por lo tanto, tiene como objetivo “eliminar en la medida de lo posible el trauma moral y espiritual experimentado en el lecho de muerte.”[11]Tomando en cuenta que el hombre muchas veces olvida que es mortal y vive como si su vida fuera eterna, este Tratado se presenta como un Memento mori: nada es eterno y la muerte, por mucho que se intente ignorarla, y a pesar de que tal vez hoy se goce de excelente salud, llegará inevitablemente y tal vez más pronto de lo que se cree. La preparación para la muerte incluye dos niveles: una próxima y otra remota. La preparación próxima es aquella que se realiza en vísperas de una muerte cercana o cuando se padece una grave enfermedad. Generalmente, requiere de la presencia de asistentes que ayudan al moribundo a estar completamente preparado para que esa muerte sea, efectivamente, el acceso a la salvación. La remota es aquella que aconseja vivir una buena vida, en coherencia con los principios cristianos, en la gracia de Dios. Por lo tanto, un hombre que vive una buena vida no debe temer a la muerte, porque ésta se presenta como la puerta a su salvación y no como un castigo.

6.-CONCLUSIÓN

 El historiador Emilio Mitre defiende la idea de que la obsesión por la muerte que se da en todas las manifestaciones artísticas y en la vida privada después de 1348, es parte de un proceso muy anterior a la llegada de la Peste Negra; y que, según los testimonios literarios, el cambio de mentalidades y representaciones no fue tan amplio ni radical al que ya se habia ido desarrollando en los siglos inmediatamente anteriores, y que la convulsión del siglo XIV sólo tendría “un valor más multiplicador que rompedor de tradiciones” [12]

Por ello, la tesis defendida en este trabajo es que, a pesar de que esta actitud más temerosa y obsesiva ante la muerte pudiera tener su gestación en un proceso iniciado en los siglos anteriores,  está claro que el impacto de la Peste contribuyó a una acentuación de este sentimiento que no se habría producido de no ser por esta gran mortandad.

Si, la peste produjo un gran miedo en Occidente, que influyó en una actitud más angustiosa ante la vida, acentuando las ideas difundidas por  el Contemptus mundi de Inocencio III, que ya estaban presentes en la mentalidad medieval. Un miedo originado por esta muerte, más presente que nunca: ven cómo mueren sus vecinos, sus seres queridos, sus enemigos.  La influencia de este miedo, en la época  considerada en este trabajo, se aprecia en como los artistas asignaron distintas categorías al personaje de la Muerte: como un enviado de Dios para castigar a los pecadores e instar a otros a que se enmienden, como un exterminador independiente que arrasa a débiles y poderosos, representándolo incluso como jefe de un ejército o llevando corona y séquito como un rey, a quien los poderosos rinden pleitesía y tambien fue representada como el ente derrotado por la muerte y resurrección de Jesús.

La Peste Negra evidenció que la Muerte puede sobrevenir en forma brusca e inesperada a personas de toda edad y condición, que la belleza física, que decae con el envejecimiento, desaparece con la corrupción del cuerpo después de la Muerte; mostró que la fama terrena es transitoria, como sentenció poéticamente Jorge Manrique hacia 1477:

¿Qué se hizo el rey Don Juan?

 Los infantes de Aragón

¿qué se hicieron?

¿Qué fue de tanto galán,

 qué de tanta invención como trajeron?[13]

 

Por último, se quiso enseñar por parte del clero, que la muerte por la peste negra no era la “verdadera muerte”: que al fin de los tiempos habrá una liberación final desde la tumba para presentarse al Juicio Final, en el que se recibirá premio o castigo sin fin, según las obras de misericordia hechas u omitidas durante la vida; por ello era necesario las oraciones, misas, buenas obras y donaciones para la Iglesia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFIA

 

Huizinga, J. El otoño de la Edad Media. Alianza Editorial. Madrid, 2008

 

Martínez Gil, F.,  La muerte vivida: muerte y sociedad en Castilla durante la Baja Edad                     Media; Diputacióńn Provincial, Toledo 1996

Heers, J., Occidente durante los siglos XIV y XV. Editorial Labor. Barcelona 1984.

 

Sesma Muñoz, J. A.; l Manual de Historia Medieval, Alianza Editorial, Madrid, 2008.

Aranda Lomeña, A.; Teología dogmática: los Novísimos, Ed. RIALP, Madrid, 1991

 

Mitre, Emilio: Muerte y modelos de Muerte en la edad Media Clásica, EDAD MEDIA, Revista de Historia, 6 (2003-2004)

 

Rabazo Vinagre, Ana; Muerte y pérdida de identidad. Temor que despiertan en la sociedad castellana.  UNED. Espacio, Tiempo y Forma Serie III, H.a Medieval, t. 24, 2011

 

Infantes, Víctor; Las Danzas de la Muerte. Génesis y desarrollo de un género medieval (siglos XII-IXVII), ediciones Universidad de Salamanca, 1997

 

Español Bertran, Francesca: Lo macabro en el gótico hispano. Historia 16, Madrid. (1992)

Girón Negrón,  Luis. Cancionero de Baena: Cancionero de Juan Alfonso de Baena. REVISTA DE FILOLOGÍA ESPAÑOL A TOMO LXXXII JULIO-DICIEMBRE 2002 Fascículos 3°-4° Madrid, Visor libros, 1993

 

Haindl Ugarte,  Ana Luisa: Ars bene moriendi: el Arte de la Buena Muerte. Revista Chilena de Estudios Medievales Número 3, enero-junio 2013

 

 

PÁGINAS Web consultadas:

 

www .cineypsicologia.com/2013/02/el-septimo-sello-muerte-y-sentido.html

 

http://www.faculty.ncf.edu/benes/readings /deathsched11. Salterio de Robert de Lisle, c.

  1. Londres, The British Library, Ms. Arundel 83 (II), fol. 127.

 

http://www.monografias.com/trabajos13/vidaymu/vidaymu.shtml#POBLAC#

 

http://www.monografias.com/trabajos28/testamento-peru/testamento peru.shtml#anteced#ixzz3SuwPoL7W

 

http://www.lahornacina.com/articulosmuertos.htm

 

http://www.historiasdelorbisterrarum.wordpress.com

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Carreras Pachón, Antonio; Aspectos Médicos, en La Peste Negra (Dossier), Historia 16, volumen 56, 1980, pág. 52

[2] Ziegler, Philip; The Black Death, Alan Sutton Publishing Inc, USA, 1993, pág. 5

[3] Delumeau, Jean; El Miedo en Occidente, Ed. Taurus, Madrid, 1989, pág.178

[4] Cancionero de Baena: Cancionero de Juan Alfonso de Baena. Madrid, Visor libros, 1993

 

[5] Haindl Ugarte, A.L. La Muerte en la edad Media. Revista Electrónica Historias del Orbis Terrarum. nº1  Santiago de Chile. 2009

[6]. García Herrero M.ª C y Falcón Pérez M.ª I; En torno a la muerte a finales de la Edad Media aragonesa. En la España Medieval 2006, 29. págs. 164-165

 

[7] Huizinga. J. El Otoño de la Edad Media. Alianza editorial. Madrid 2008. pág. 186

[8] Duby, Georges; Europa en la Edad Media, pág. 195

[9] Infantes, Víctor; Las Danzas de la Muerte. Génesis y desarrollo de un género medieval (siglos XIII-XVII), pág. 109

 

[10] Martínez Gil, Fernando; La Muerte Vivida, 1996, pág. 74

[11]  Gago, Francisco; Arte de Bien Morir y Breve Confesionario, Jover, Barcelona, Medio Maravedí, 1999. pág. 27

 

[12] Mitre, Emilio: Muerte y modelos de Muerte en la edad Media Clásica, EDAD MEDIA, Revista de Historia, 6 (2003-2004) pág. 31

[13] Jorge Manrique: Coplas a la muerte de su padre, Editorial Orbis. Barcelona. 1983. Estrofa XVI

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